Menos colectivos, más espera: el AMBA enfrenta un deterioro silencioso del transporte

Un informe revela que la frecuencia de los colectivos cayó cerca de un 20% en los últimos años. El impacto se siente con mayor fuerza durante la noche y la madrugada, afectando a trabajadores, estudiantes y vecinos que dependen del transporte público para sostener su vida cotidiana.
Actualidad 23 de junio de 2026

nota economia El deterioro del transporte público no siempre aparece en las estadísticas que dominan la agenda económica. Sin embargo, millones de personas lo perciben cada día cuando esperan más tiempo en una parada, cuando pierden una combinación o cuando deben reorganizar su rutina porque el colectivo ya no pasa con la frecuencia de antes. En el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA), esa sensación cotidiana tiene respaldo en los números.

Un relevamiento del Instituto Interdisciplinario de Economía Política mostró que entre noviembre de 2019 y noviembre de 2025 la oferta de colectivos registró una reducción cercana al 20%. Detrás de ese promedio se esconden situaciones muy distintas según la hora del día, pero todas reflejan una misma realidad: la red de transporte que conecta barrios, centros comerciales, escuelas y lugares de trabajo opera hoy con menos servicios que años atrás.

La situación resulta especialmente visible durante las horas más difíciles. Mientras que entre las 7 de la mañana y las 5 de la tarde la reducción de frecuencias rondó el 12%, durante la medianoche el recorte alcanzó cerca del 29%. Dicho de otro modo: cuando menos alternativas existen para movilizarse, también hay menos colectivos disponibles.

 

Cuando viajar se vuelve más difícil

Para muchos vecinos del Conurbano, el problema no es solamente cuánto cuesta viajar, sino si existe un servicio disponible cuando lo necesitan. Trabajadores de hospitales, personal de seguridad, empleados gastronómicos, operarios industriales y miles de personas que cumplen horarios nocturnos son quienes sienten con mayor intensidad esta transformación.

La reducción de frecuencias no ocurrió de manera aislada. Durante los últimos años cambiaron también los hábitos laborales y de movilidad. El avance del trabajo remoto redujo parte de la demanda tradicional de pasajeros, especialmente en los corredores que conectan el Conurbano con la Ciudad de Buenos Aires.

Pero esa explicación no alcanza para comprender todo el fenómeno. El fuerte aumento de las tarifas y el deterioro del poder adquisitivo de los hogares también modificaron comportamientos. Frente a un presupuesto cada vez más ajustado, muchas familias comenzaron a buscar alternativas más económicas para desplazarse.

 

En numerosos barrios crecieron los viajes en bicicleta, se multiplicó la presencia de motos de baja cilindrada y aparecieron nuevas formas de movilidad individual. Incluso los monopatines eléctricos comenzaron a ganar espacio en algunos sectores urbanos donde antes el colectivo era prácticamente la única opción.

El problema es que estas alternativas no están al alcance de todos. Para una gran parte de la población, especialmente en las zonas periféricas del AMBA, el colectivo continúa siendo la herramienta fundamental para acceder al trabajo, a la educación, a la salud y a los vínculos comunitarios.

Por eso los especialistas advierten que cualquier reducción adicional de subsidios podría profundizar las dificultades existentes. Menos asistencia estatal podría traducirse en nuevas subas tarifarias y, a su vez, en una menor cantidad de pasajeros. Ese círculo terminaría afectando también a las empresas, que deberían sostener costos crecientes con menos usuarios.

La discusión excede los números del transporte. Habla de cómo se conectan los barrios, de quiénes pueden llegar a tiempo a su trabajo y de qué oportunidades tienen las personas según el lugar donde viven.

Porque detrás de cada frecuencia eliminada no desaparece solamente un colectivo. Muchas veces desaparece una posibilidad concreta de estudiar, trabajar o regresar a casa con tranquilidad. Y en una región donde millones de personas construyen su vida cotidiana sobre ruedas, cuidar el transporte público sigue siendo, en gran medida, cuidar el derecho a moverse y a pertenecer.

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