García Cuerva en San Cayetano: “El sueldo no alcanza” y pidió no resignarse al ajuste cotidiano

El arzobispo porteño trazó un duro diagnóstico social durante la celebración de San Cayetano. Habló de salarios, alimentos, tarifas, endeudamiento, empleo y cuestionó una libertad económica desligada del bien común. “El centro de cualquier dinámica laboral no debe situarse ni en el capital, ni en las leyes del mercado, ni en el lucro, sino en la persona, la familia y su bien, respecto a los cuales todo lo demás es funcional”, aseguró.
Actualidad 08 de agosto de 2026

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Jorge García Cuerva eligió el santuario de San Cayetano para hablar de aquello que miles de personas que hicieron fila en Liniers conocen sin necesidad de estadísticas: trabajar y no llegar, multiplicar empleos, endeudarse para sostener gastos básicos y acostumbrarse demasiado rápido a que cada mes alcance para menos. “Le pedimos a San Cayetano no resignarnos a que las cosas aumenten: el boleto del transporte, las tarifas, los alquileres o los alimentos”, planteó el arzobispo. Y agregó una frase imposible de traducir a otro idioma político: “tampoco cuando el sueldo no alcanza”.

Frente a fieles, trabajadores y organizaciones que luego marcharon hacia Plaza de Mayo, García Cuerva habló de “un pueblo cansado de promesas incumplidas y de dirigentes que hablan de los pobres, pero no están cerca de sus necesidades y se dan la buena vida”. También defendió una concepción del trabajo que atraviesa la tradición social de la Iglesia: “un pueblo que sigue creyendo que el trabajo es un derecho, que el trabajo es dignidad”.

Para reforzar esa idea recurrió al papa León XIV, quien llegará a la Argentina en noviembre. Según recordó García Cuerva, el pontífice sostiene que “la ayuda más importante para una persona es promoverla a tener un buen trabajo, para que pueda ganarse una vida más acorde a su dignidad, desarrollando sus capacidades y ofreciendo su esfuerzo personal”.

Cuando la economía se encuentra con la vida cotidiana

El mensaje avanzó entonces sobre el núcleo más incómodo de la coyuntura económica. García Cuerva describió a un pueblo “que no quiere resignarse a que el trabajo sea una mercancía y que haya que tener dos o más empleos para llegar a fin de mes, o caer en la trampa de los créditos que endeudan y asfixian a muchísimas familias”.

También apuntó a una dirigencia que, según sostuvo, conoce los problemas pero muchas veces desvía la discusión. Ese pueblo, dijo, “sabe que la responsabilidad y la solución concreta a los problemas económicos y sociales la tiene una clase dirigente que a veces parece mirar para otro lado y poner toda la energía en descalificaciones y debates estériles que no le resuelven la vida a nadie”.

El arzobispo tampoco evitó ingresar en un terreno especialmente sensible para el programa libertario. Citando nuevamente a León XIV, sostuvo que “la libertad económica no puede ser absoluta y debe medirse siempre en función del bien común y la dignidad de cada persona”. No fue una discusión académica. Fue una definición política desde la doctrina social católica: el mercado es una herramienta, no el principio ordenador absoluto de la sociedad.

García Cuerva pidió además que “se multiplique el diálogo, se multiplique la búsqueda de consensos, se multipliquen las oportunidades laborales de los jóvenes, se multiplique el bien común” y reclamó que se multiplique “la justicia social, aquella que León XIV define como una forma concreta de seguimiento de Jesús y de fidelidad a su Evangelio”.

También hubo una crítica a la degradación del debate público. “Estamos un poco paralíticos” cuando “perdemos las ganas de seguir adelante y de buscar caminos de fraternidad y paz entre los argentinos”, señaló. Y agregó que “estamos lisiados” porque “nos duelen las heridas del odio, de la descalificación constante y de la discriminación”.

El mensaje tuvo una resonancia particular en el conurbano, donde semanas atrás una jornada de Pastoral Social realizada en Claypole había colocado sobre la mesa la misma preocupación: qué ocurre cuando la precariedad deja de provocar reacción y empieza a convertirse en paisaje.

García Cuerva habló precisamente de esa resignación. Advirtió sobre una mirada “nublada de ideologismos que hacen análisis teóricos que luego se estrellan con la realidad cotidiana que la gente sencilla y de a pie conoce muy bien porque la padece todos los días”.

Y fue todavía más explícito al definir cuándo una sociedad comienza a quedarse muda: “cuando ya no gritamos lo que nos duele, cuando pasiva y silenciosamente nos resignamos a que las cosas aumenten”, desde “el boleto de transporte público, las tarifas, los alquileres, los alimentos”, hasta el momento en que “no reclamamos pacíficamente que el sueldo no alcanza, y no decimos nada ante hermanos que revuelven la basura para comer”. El resultado, dijo, es quedar “atragantados de la bronca porque parece que el bienestar económico nunca va a llegar al ciudadano común”.

Para anticipar el tono que podría traer León XIV a la Argentina, García Cuerva recuperó otra definición del Papa: “el centro de cualquier dinámica laboral no debe situarse ni en el capital, ni en las leyes del mercado, ni en el lucro, sino en la persona, la familia y su bien, respecto a los cuales todo lo demás es funcional”.

San Cayetano volvió así a unir fe, trabajo y una discusión muy concreta sobre cómo se reparte el costo de una economía. García Cuerva no ofreció una receta partidaria ni pidió cambiar un gobierno. Hizo algo más elemental: recordó que detrás de cada indicador hay personas. Y que una sociedad comienza a perder algo más que poder adquisitivo cuando termina considerando normal que trabajar ya no alcance para vivir.

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