El orden sagrado de las cosas rotas

Un repaso por el inventario de neurosis, congeladores y altares laicos que sostienen los noventa minutos más frágiles del planeta: el hincha argentino frente al televisor.
 
Región29 de junio de 2026

2 aPor: Marcela De Francesco

 

El argentino es un ser racional hasta que un grupo de once muchachos se pone una camiseta celeste y blanca a diez mil kilómetros de distancia. Ahí, la Ilustración se va al tacho. El pensamiento científico se suspende y se activa un protocolo de supervivencia que haría palidecer a los antropólogos más rigurosos. No es fútbol; es una ingeniería del destino que depende exclusivamente de nosotros, los que estamos sentados en un sillón de tres cuerpos con el resorte vencido en Tolosa o en Córdoba.

Hay que mirar el living y anotar el detalle mínimo: el cenicero de cerámica que nadie usa para fumar pero que tiene que estar a la izquierda de la estatuilla del Gauchito Gil; el pullover de lana de una tía abuela que murió en el ‘94 pero cuyo hilado rústico, se sospecha, altera el magnetismo de la pelota si se lo coloca sobre el hombro derecho. El revés del mundo se juega ahí, entre la mesa ratona y el televisor.

Hay una taxonomía precisa de la neurosis mundialista.

Están, primero, los estáticos. Individuos que descubren en el minuto quince del primer tiempo que si cruzan la pierna izquierda sobre la derecha, el lateral por izquierda desborda. Si la pierna se duerme, si la miocarditis amaga, el estático resiste. El dolor físico es un tributo barato para evitar un córner en contra.

Moverse es traición. Cambiar de posición es penal para el rival. He visto hombres con calambres dignos de un maratonista olímpico clavar la mirada en la pantalla, transpirando frío, masticando el insulto en silencio para no alterar la vibración del aire.

Después están los exiliados de la cocina. Es una escena clásica: la jugada del gol de Argentina encuentra a un miembro de la familia buscando un hielo, o yendo al baño, o simplemente maldiciendo porque se quemó con la pava. Listo.

El veredicto es unánime y cruel. "Te quedás ahí". No importa que falten ochenta minutos. No importa que el exiliado se pierda la gloria de la repetición en HD.

Se le pasa el plato de papas fritas por la hendija de la puerta. Se le habla en susurros. El living es territorio sagrado y su presencia es un factor de riesgo para el resultado final.

"El destino es un tejido fino y asustadizo. Si ganamos con la de suplente azul, no se lava hasta la final. El sudor del triunfo es el barniz que protege la mística".

Y el congelador. El bendito congelador. Esa heladera que apenas puede con los cubitos de hielo se convierte en una prisión preventiva de nombres escritos en papel pautado. El delantero rival, el árbitro brasileño, el periodista de la transmisión que tiene fama de mufa. Todos terminan ahí, compactados entre una bolsa de arvejas vencida y un pedazo de bife de lomo olvidado. El congelamiento es un acto de fe. Si el delantero rival patea afuera, no es mala puntería: es el frío del freezer que le entumeció los botines.

Miramos el partido con el cuerpo tenso, como si estuviéramos atajando nosotros, convencidos de que el universo nos está prestando atención. Que Dios, o el Diego, o quien sea que maneje los hilos allá arriba, está mirando específicamente si cambiamos de canal durante los comerciales o si usamos la misma camiseta que en la derrota contra Arabia en Qatar. El argentino no mira el partido: lo opera, lo modula, lo reza con una letanía de puteadas y promesas absurdas.

Al final, cuando el árbitro pita y el desahogo se vuelve grito en la calle, el hincha respira. Se mira las manos, se acomoda la espalda rota por la postura incómoda de dos horas. Sabe, con una certeza matemática y ridícula, que si ganamos no fue solo por los genios de la cancha. Fue porque dejamos la vida sosteniendo el control remoto con el pulgar apuntando al techo.

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