La industria textil no encuentra piso y ya opera a menos de la mitad de su capacidad

La actividad textil cayó 22,2% interanual en abril y acumula un retroceso del 25,5% en el primer cuatrimestre. Las fábricas trabajan apenas al 42,4% de su capacidad instalada, mientras el empleo continúa deteriorándose y crecen las dudas sobre la viabilidad de uno de los sectores históricos de la industria nacional.
Actualidad 06 de julio de 2026

NOTA INDUSTRIA TEXTILHay industrias que resisten las crisis ajustando turnos. Otras sobreviven reduciendo inversiones. La textil argentina atraviesa una etapa más delicada: comienza a perder escala productiva. Cuando una fábrica mantiene durante meses buena parte de sus máquinas detenidas, el problema deja de ser una caída circunstancial de ventas y pasa a convertirse en una amenaza para su propia existencia.

Los últimos datos de la Federación de Industrias Textiles Argentinas (FITA) muestran que el deterioro continúa profundizándose. Durante abril, la actividad registró una caída interanual del 22,2%, mientras que el acumulado del primer cuatrimestre exhibe una contracción del 25,5% respecto del mismo período de 2025.

No se trata únicamente de producir menos. La preocupación pasa por cuánto tiempo puede sostenerse una estructura industrial funcionando muy por debajo de su punto de equilibrio.

 

Máquinas apagadas y empleo en retroceso

Uno de los indicadores más elocuentes aparece en la utilización de la capacidad instalada. Las plantas textiles trabajaron durante abril apenas al 42,4% de su potencial productivo. En otras palabras, más de la mitad de la maquinaria permanece detenida.

Mientras el promedio de la industria manufacturera argentina alcanzó una utilización del 59,9%, el sector textil quedó casi veinte puntos porcentuales por debajo. La diferencia ilustra con claridad el tamaño de la crisis que atraviesa una actividad intensiva en empleo, inversión y agregado de valor.

La baja utilización tiene consecuencias inmediatas. Cuando las máquinas producen menos horas, los costos fijos pesan más sobre cada prenda fabricada, la rentabilidad desaparece y las inversiones quedan suspendidas. En ese escenario, sostener el empleo se vuelve cada vez más difícil.

Los datos laborales reflejan esa tendencia. Según información relevada por FITA a partir de registros oficiales, más de 24.000 puestos de trabajo se perdieron desde diciembre de 2023 dentro del complejo textil. Solo en términos interanuales desaparecieron alrededor de 14.000 empleos formales entre las actividades textiles y de confección.

La Fundación Protejer agrega otro dato preocupante. Durante febrero, la industria textil, de confecciones, cuero y calzado registró la mayor caída porcentual del empleo entre todos los sectores de la economía, con un retroceso del 18%, incluso por encima del registrado por la construcción.

El comercio exterior tampoco ofrece una salida clara. Las importaciones textiles disminuyeron durante abril un 36% en volumen y un 41% en valor, reflejando una demanda interna debilitada más que una recuperación de la producción local.

Las exportaciones mostraron una evolución positiva, con un crecimiento del 178% en cantidades y del 95% en valor, alcanzando aproximadamente US$2 millones. Sin embargo, ese avance todavía resulta insuficiente para compensar la magnitud de la caída que experimenta el mercado doméstico.

En materia de precios, el sector continúa perdiendo capacidad para trasladar costos. Las prendas de vestir, cuero y calzado aumentaron apenas 0,28% durante abril y 12% en términos interanuales, mientras los precios mayoristas textiles avanzaron 2,9% mensual y 18,4% anual, registros que continúan por debajo de la inflación acumulada.

La industria textil ocupa un lugar estratégico dentro del entramado manufacturero argentino. No solo genera empleo intensivo y cadenas de proveedores distribuidas en todo el país. También constituye uno de los sectores que históricamente permitió transformar materia prima en valor agregado nacional.

Cuando una fábrica trabaja al 42% de su capacidad, el problema ya no consiste únicamente en vender menos ropa. Lo que empieza a ponerse en discusión es cuánto tejido industrial queda disponible para cuando la economía vuelva a necesitar producir.

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