La amistad en la madurez: cuando el afecto también es salud pública

En una sociedad que envejece, la amistad dejó de ser un asunto privado para convertirse en una red de protección emocional, sanitaria y comunitaria. En la madurez, tener amigos no es solo tener compañía: es tener sostén, identidad y futuro.
Región07 de julio de 2026

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Por: Lic. Sandra Campos (*)

La amistad deja de ser agenda social, salida de ocasión o pertenencia grupal, y empieza a convertirse en una forma concreta de cuidado. En la juventud, muchas veces se mide la amistad por la cantidad: cuántos mensajes llegan, cuantos likes te dan, cuántas invitaciones aparecen,… En la madurez, se mide con otra vara: quién permanece,  escucha,  no juzga, llama cuando no hay nada para pedir y  puede preguntar “¿cómo estás ?”  con real interés.

La Organización Mundial de la Salud (OMS)  viene advirtiendo que la soledad y el aislamiento social son problemas de salud pública. Una de cada seis personas en el mundo experimenta soledad, y en las personas mayores la proporción ronda el 11,8%.También  estima que la soledad está asociada con más de 871.000 muertes anuales a nivel global, lo que equivale a unas 100 muertes por hora. Hablar de amistad en la madurez, entonces, no es hablar de una sensibilidad menor: es hablar de cómo queremos envejecer como sociedad.

 

La amistad madura

 

A cierta altura de la vida, las personas ya atravesaron pérdidas, enfermedades, separaciones, mudanzas, jubilaciones, crisis familiares, viudez, desencantos y cambios. La red afectiva ya no se organiza solo alrededor del trabajo, la crianza o la pareja por eso, cuando un amigo permanece, adquiere un valor distinto. No es solo alguien con quien compartir una charla, es alguien que conserva parte de nuestra biografía. Pero también un nuevo amigo o amiga se puede sumar en este nivel.

La ciencia señala que aproximadamente una cuarta parte de los estadounidenses de 65 años y más que viven en comunidad están socialmente aislados, y que la soledad en adultos mayores se asocia con riesgos relevantes para la salud: alrededor de 50% más riesgo de demencia, 29% más riesgo de enfermedad coronaria y 32% más riesgo de accidente cerebrovascular. No se trata, por supuesto, de afirmar que la amistad “cura” enfermedades sino de entender que los vínculos son parte del ecosistema de la salud.

La diferencia entre estar solo y sentirse solo

Hay que  distinguir el aislamiento social -tener pocas relaciones, poco contacto o poco apoyo- de la soledad, que es la sensación subjetiva de no tener vínculos significativos o pertenencia, incluso una persona rodeada de gente puede sentirse sola. Esa distinción es clave porque lo decisivo es sentirse reconocido, escuchado y necesitado.

En Argentina, el Barómetro de la Deuda Social con las Personas Mayores de la UCA viene mostrando que la situación conyugal, el género, el nivel socioeconómico y el tipo de hogar inciden en el bienestar subjetivo. En 2023, entre las personas de 60 años y más, el informe registró que el 69,8% de las mujeres se encontraba divorciada, separada o viuda, frente al 30,2% de los varones. Además, el documento advierte que el sentimiento de soledad es más frecuente entre quienes viven solos, aunque aclara que vivir solo no equivale necesariamente a sentirse solo.

 

Cuestión de género

 

Las mujeres viven más, enviudan más, suelen sostener durante años redes de cuidado familiar y, al mismo tiempo, pueden llegar a edades avanzadas con mayor exposición a la soledad. Pero también suelen tener una capacidad histórica de construir redes entre pares: amigas de la vida, vecinas, compañeras de instituciones, grupos de actividad, redes comunitarias

En los varones, el problema puede tener otra forma: menos entrenamiento emocional, vínculos más asociados al trabajo o al club, menor costumbre de hablar de la propia fragilidad. Cuando llega la jubilación, la viudez o una enfermedad, muchos descubren que tenían contactos, pero no necesariamente amigos íntimos. La amistad madura exige algo que a veces la cultura masculina tradicional no facilitó: pedir ayuda, expresar miedo, decir “te extraño”, sostener una conversación sin excusas.

 

El valor de la amistad

 

La Encuesta Nacional sobre Envejecimiento Saludable de la Universidad de Michigan informó en 2024 que el 90% de las personas de 50 años y más tenía al menos un amigo cercano, pero también que el 10% no tenía ninguno. Entre quienes declaraban mala o regular salud mental, el porcentaje sin amigos cercanos subía al 20%. Además, el 79% de quienes tenían al menos un amigo cercano dijo poder contar con ellos para apoyo emocional en buenos y malos momentos.

La pregunta, entonces, no es solo cuántos amigos tenemos, es si tenemos al menos una persona a la que podríamos llamar en una noche difícil. El Estudio de Desarrollo Adulto de Harvard, una de las investigaciones longitudinales más conocidas sobre bienestar, encontró que la satisfacción en las relaciones en la mediana edad predijo mejor la felicidad y la salud a los 80 años que otros indicadores tradicionalmente considerados.

En la madurez, la amistad verdadera cumple varias funciones. Es memoria, porque nos recuerda quiénes fuimos. Es espejo, porque nos devuelve una imagen menos cruel de nosotros mismos. Es refugio, porque permite bajar la guardia. Es corrección, porque un buen amigo no siempre nos da la razón. Y es futuro, porque nos ayuda a seguir proyectando cuando la cultura insiste en decirnos que lo importante ya pasó.

 

Cuestión de infraestructura

 

La amistad necesita infraestructura no solo emocional, también comunitaria. La OMS plantea que las soluciones frente a la soledad deben incluir políticas públicas, investigación, medición, intervenciones comunitarias y espacios concretos de encuentro: parques, bibliotecas, cafés, grupos, voluntariado, actividades barriales. En ciudades envejecidas, los clubes, centros de jubilados, instituciones culturales, parroquias, universidades, bibliotecas populares y organizaciones barriales pueden ser mucho más que lugares de actividad: pueden ser “dispositivos de amistad”.

Una sociedad que envejece necesita crear oportunidades reales para que las personas se encuentren, conversen, aprendan, enseñen, caminen, bailen, jueguen, hagan voluntariado, tomen un café o simplemente tengan un motivo para salir de su casa, porque la soledad no se combate solo con discursos, se combate con vínculos posibles.

 

Derribando prejuicios

 

Nunca es tarde para hacer amigos. Hay amistades que nacen después de los 50, los 60, los 70 o los 80, y que tienen una intensidad particular porque llegan sin tanta máscara. En la madurez, muchas personas ya no quieren impresionar, quieren ser comprendidas. Ya no buscan grandes multitudes, buscan afinidad. Ya no necesitan vínculos perfectos, necesitan vínculos verdaderos.

Envejecer bien no depende únicamente de tener controles médicos, ingresos suficientes o acceso a tecnología. También depende de tener con quién hablar, con quién reír, con quién compartir una preocupación o un nuevo propósito,  con quién celebrar una pequeña victoria y con quién atravesar una pérdida. Puede cambiar el modo en que una persona enfrenta un diagnóstico, una viudez, una jubilación, una mudanza o una tarde demasiado larga. Allí donde hay un amigo verdadero, hay una defensa contra el abandono.

Quizá sea tiempo de dejar de pensar la amistad como un lujo afectivo y empezar a reconocerla como un componente esencial de la longevidad positiva. En la madurez, un amigo no es solamente alguien que acompaña el camino  sino que  es, muchas veces, quien ayuda a que el camino siga teniendo sentido.

Estimado lector, que con la excusa del Día del Amigo, nos animemos a abrir una puerta a nuevas y reales amistades.

 

(*) Directora de  Masa Madre Consultora

Especialista en Economía Plateada y Longevidad Positiva

 

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