
La edad no otorga inmunidad social, también hay responsabilidades al envejecer

Por: Lic. Sandra Campos (*)
Fueron necesarias décadas para comenzar a modificar una cultura que asociaba vejez con incapacidad, pasividad o dependencia, pero quizás haya llegado el momento de completar esa conversación porque ser sujeto de derechos no significa dejar de ser sujeto de responsabilidades.
Cumplir años, aún muchos años, no concede una suerte de bálsamo de inmunidad social que permita tratar mal a los demás, invadir la vida de los hijos, exigir disponibilidad permanente, descalificar a quien piensa diferente, maltratar a quien atiende detrás de un mostrador o convertir cada vínculo familiar en una obligación hacia uno mismo.
Hay un tema incómodo del que hablamos poco y es sobre los deberes y responsabilidades de las propias personas mayores y quiero aclarar que hablar de ellos no es edadismo, por el contrario, puede ser una de las formas más profundas de combatirlo.
Los derechos no tienen una sola dirección
Una persona mayor tiene derecho a ser escuchada pero los demás también.
Tiene derecho a ser respetada pero quien la atiende, quien la cuida, sus hijos, sus nietos, sus vecinos y quienes conviven con ella también tienen derecho al respeto.
Tiene derecho a decidir sobre su vida pero eso no significa decidir sobre la vida de los demás.
Tiene derecho a pedir ayuda pero pedir ayuda no equivale a disponer ilimitadamente del tiempo ajeno.
Tiene derecho a reclamar cuando algo funciona mal pero el derecho a reclamar no incluye el derecho a humillar a quien tenemos enfrente.
Parece elemental, sin embargo, culturalmente hemos construido una mirada sobre la vejez que, en ocasiones, oscila entre dos extremos igualmente problemáticos: la discriminación y la sobreprotección. En un extremo está el viejo al que nadie escucha porque “ya está grande”, en el otro, aquel al que todo se le tolera porque “es una persona mayor”, pero ninguna de las dos posiciones reconoce verdaderamente a un adulto ya que una infantiliza por defecto y la otra por exceso.
La edad no siempre justifica
Naturalmente, hay situaciones que requieren otra comprensión tales como una enfermedad, un deterioro cognitivo, una situación de dependencia, determinadas patologías o condiciones emocionales que pueden modificar profundamente el comportamiento de una persona, pero no estoy hablando de esos casos.
Estoy hablando de personas autónomas, capaces de decidir y comprender sus actos, que algunas veces terminan naturalizando la idea de que “la edad les concede determinados privilegios” sobre los demás. Ejemplos :“Soy tu madre”,“Soy tu padre”, “Soy tu abuelo”, “Soy una persona grande”, “A mi edad…” Frases que pueden expresar un vínculo afectivo extraordinario, pero que también pueden utilizarse como argumento de autoridad.
Los hijos adultos tienen derecho a construir sus propias familias; los nietos tienen derecho a tener sus tiempos; una nuera o un yerno no adquieren obligaciones ilimitadas por incorporarse a una familia. Los cuidadores merecen buen trato, los médicos merecen respeto, quien trabaja en un banco, un comercio, un hospital o una oficina pública no tiene por qué aceptar una agresión porque quien la ejerce tiene 70, 80 o 90 años. La edad merece consideración pero no otorga impunidad.
La responsabilidad de cuidarnos
Existe además otro territorio de responsabilidad que deberíamos comenzar a discutir: el autocuidado.
No podemos controlar todo lo que nos ocurre al envejecer. Hay enfermedades, pérdidas, accidentes, desigualdades económicas y situaciones de dependencia que no elegimos pero también existen aspectos de nuestra longevidad sobre los cuales podemos actuar.
Hacernos controles médicos, movernos dentro de nuestras posibilidades, alimentarnos sanamente, revisar la audición y la visión, tomar correctamente los medicamentos, adaptar nuestra vivienda, prevenir caídas, mantener vínculos, aprender a utilizar tecnologías básicas, organizar nuestra documentación, saber a quién recurrir ante una emergencia…
Incluso aceptar un bastón cuando hace falta puede ser un acto de autonomía y no una derrota porque autocuidarse también es una forma de cuidar a quienes nos rodean. No para evitar convertirnos algún día en dependientes -eso puede suceder independientemente de cuánto nos cuidemos-, sino para preservar nuestras capacidades todo el tiempo que sea posible.
La queja que reclama y la queja que aleja
Hay otra cuestión especialmente sensible: la queja. Las personas mayores deben reclamar, deben hacerlo cuando un sistema de salud no responde, cuando una jubilación resulta insuficiente, cuando un banco impone barreras tecnológicas, cuando una ciudad es inaccesible o cuando una institución las discrimina. Esa queja es ciudadanía.
Pero existe también la queja convertida en modo permanente de relacionarse con el mundo: todo está mal, nadie llama, los jóvenes no sirven, antes todo era mejor, los hijos nunca hacen suficiente, los médicos no saben nada, la tecnología es culpable de todo…Cuando la queja deja de buscar una solución y se convierte en identidad, puede comenzar a producir aquello que más tememos: soledad.
La pregunta entonces podría ser: ¿Esta queja está reclamando un derecho o está deteriorando un vínculo? No es una pregunta cómoda pero envejecer también debería permitirnos hacernos preguntas incómodas.
También podemos ser edadistas
Solemos pensar el edadismo exclusivamente como discriminación de los jóvenes hacia las personas mayores. Pero los prejuicios pueden circular en ambas direcciones: “Los jóvenes no quieren trabajar”,“esta generación no sabe nada”, “nosotros sí sabíamos respetar”, “están todo el día con el teléfono”…
Generalizar negativamente sobre una generación también constituye una forma de prejuicio y no podemos pedir una sociedad intergeneracional si reclamamos comprensión para nuestra generación mientras descalificamos a las demás.
La convivencia entre generaciones exige reciprocidad y los jóvenes tendrán que aprender a mirar la longevidad sin prejuicios.
Quienes envejecemos tendremos que aprender a mirar las nuevas generaciones sin creer que nuestra experiencia nos convierte automáticamente en propietarios de la verdad. La experiencia tiene un enorme valor pero tener experiencia no significa tener siempre razón.
El talento genera responsabilidad
Hay, finalmente, otra responsabilidad de la que casi nunca hablamos: ¿Qué hacemos con todo lo aprendido?
Una persona que ha vivido seis, siete, ocho o nueve décadas posee un capital extraordinario de experiencias, conocimientos, errores, oficios, historias, vínculos y aprendizajes.
No significa que deba seguir trabajando, significa que puede seguir aportando en una empresa, en un club, en una biblioteca, en una organización social, en una universidad, en el barrio, acompañando a alguien, enseñando un oficio, mentoreando a una persona joven, transmitiendo la historia de una institución, participando de una causa, creando un emprendimiento o simplemente estando disponible para escuchar.
La longevidad no debería pensarse únicamente desde la pregunta “¿Qué debe hacer la sociedad por las personas mayores?”. Necesitamos incorporar otra: “¿Qué podemos seguir haciendo las personas mayores por la sociedad?”.
Un nuevo contrato para la longevidad
Tal vez necesitemos construir una especie de nuevo contrato social de la longevidad. Una sociedad que diga claramente: te vamos a defender frente al edadismo.
Pero precisamente, porque te reconocemos como adulto pleno, también reconocemos que continúan existiendo responsabilidades, fundamentalmente, comprender que el buen trato es un camino de ida y vuelta.
Quizás éste sea uno de los debates que necesita la nueva longevidad porque defender los Derechos de las personas mayores fue y seguirá siendo indispensable pero convertir la edad en una excepción permanente a las reglas de convivencia sería una perversa manera de combatir el edadismo. Significaría considerar que, después de determinada edad, dejamos de ser plenamente responsables de nuestros actos, y eso también es una forma de infantilización.
Quiero otra cosa, quiero Derechos sin edadismo, cuidados cuando sean necesarios, autonomía durante todo el tiempo posible, responsabilidades mientras podamos ejercerlas y buen trato en ambas direcciones porque cumplir años puede darnos experiencia, memoria, perspectiva y hasta cierta sabiduría pero no otorga inmunidad social.
(*) Directora de Masa Madre Consultora.
Especialista en Economía Plateada y Longevidad Positiva.
Directora de la Cátedra Libre “Economía Plateada y Longevidad Positiva”-UNLP-.


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