Responsabilidad vial: no son accidentes, son decisiones

Hoy los invito a pensar en la responsabilidad vial. No solamente en cómo manejamos, sino en algo mucho más amplio: cómo convivimos y cuánto valor le damos a la vida de los demás.
Actualidad 27 de agosto de 2026

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Por: Patricia Pérez (*)

 

La seguridad vial es una responsabilidad compartida. Nos involucra a todas las personas. A quienes conducen, caminan, circulan en bicicleta o utilizan el transporte público, pero también al Estado, la Justicia, las escuelas, las empresas, los medios de comunicación y las familias.

Frente a un siniestro vial, buscamos una explicación inmediata: ‘el conductor iba demasiado rápido, el motociclista no llevaba casco, el peatón cruzó fuera de la senda, la calle estaba en mal estado o faltaba señalización’. Excusas habituales que intentan evitar nuestro papel en el incidente. Muchas de esas afirmaciones pueden ser ciertas. Ninguna alcanza por sí sola para explicar el problema.

 

Detrás de cada decisión hay otra persona

 

Usar el celular mientras conducimos puede parecernos un gesto que somos capaces de controlar cuando se trata de pocos segundos. Superar la velocidad permitida porque estamos apurados, cruzar con el semáforo en rojo o manejar después de haber bebido, pueden presentarse como decisiones personales que nuestra destreza en el manejo es capaz de controlar. Pero en el tránsito ninguna decisión es únicamente individual.

Del otro lado puede haber una familia, un niño que cruza la calle, una persona mayor que camina más despacio, un ciclista o alguien que simplemente está regresando a su casa. En el espacio público, nuestras decisiones siempre alcanzan a otros.

Por eso, respetar una señal no es solamente obedecer una norma. Es reconocer que no estamos solos y que nadie debería pagar el costo de nuestra prisa, distracción o imprudencia.

 

El Estado también debe cumplir su parte

 

Sería injusto colocar toda la responsabilidad sobre los ciudadanos. No se puede construir una verdadera cultura vial si las rutas están deterioradas, las calles no tienen iluminación, las señales son insuficientes o los controles aparecen únicamente en determinadas fechas.

El Estado debe educar, prevenir, controlar y garantizar una infraestructura segura.

No alcanza con sancionar leyes, aumentar multas o incorporar tecnología. Las políticas públicas deben sostenerse en el tiempo y aplicarse de manera equitativa en todo el territorio.

Argentina cuenta con normas, instituciones especializadas y herramientas tecnológicas que representan avances importantes. Sin embargo, una licencia digital, una cámara o un nuevo registro no salvan vidas por sí solos. La diferencia aparece cuando esos recursos forman parte de una política integral y logran modificar conductas.

 

La Justicia también comunica

 

La intervención de la Justicia suele llegar cuando la prevención ya fracasó y el daño está hecho. Por eso, además de determinar responsabilidades y aplicar sanciones,

debe transmitir un mensaje claro: la imprudencia al volante no puede naturalizarse.

Cuando los procesos son demasiado lentos o las decisiones resultan contradictorias, crece la sensación de impunidad. En cambio, una Justicia ágil y coherente fortalece la confianza social y contribuye a prevenir nuevas tragedias.

 

Educar para cuidar

 

¿Alcanza con realizar un curso para obtener la licencia de conducir? Evidentemente, no. La educación vial no debería ser un trámite que se completa una sola vez, sino un aprendizaje que nos acompañe durante toda la vida.

Como expresó Nelson Mandela: “La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo”.

Las escuelas, las universidades, las empresas, las organizaciones sociales, los medios y las familias tienen mucho para aportar. Los niños comienzan a aprender sobre seguridad vial mucho antes de conducir: observan si los adultos usan el cinturón, respetan el semáforo, se colocan el casco o guardan el teléfono mientras manejan.

Podemos explicar muchas normas, pero el ejemplo cotidiano siempre enseña más.

 

Un sistema preparado para el error

 

Partiendo de la idea global sobre que el factor humano es el desencadenante de la inmensa mayoría de los casos, en los últimos años se consolidó internacionalmente el enfoque denominado Sistema Seguro. Parte de una idea sencilla y realista: las personas pueden equivocarse, pero esos errores no deberían costarles la vida.

Esto requiere vehículos más seguros, calles y rutas bien diseñadas, velocidades adecuadas, mejores controles y una atención rápida ante las emergencias. La seguridad deja así de depender exclusivamente de la conducta del conductor y pasa a ser el resultado de un sistema en el que todos cumplen una función.

 

Cambiar la cultura del “por esta vez”

 

Quizás el mayor desafío no sea crear más normas, sino abandonar algunas costumbres que hemos naturalizado: “son sólo dos cuadras”, “contesto rápido”, “no viene nadie”, “conduzco mejor cuando voy rápido” o “por esta vez no pasa nada”.

El problema es que, a veces, sí pasa. Y alcanza una sola vez para cambiar muchas vidas para siempre.

Antes de salir podemos hacernos preguntas muy sencillas: ¿estoy en condiciones de conducir?, ¿todos llevan puesto el cinturón?, ¿puedo guardar el teléfono?, ¿realmente necesito llegar tan rápido? Son decisiones pequeñas, pero pueden evitar consecuencias enormes.

Hablar de responsabilidad vial es hablar de empatía, cuidado y convivencia. La calle es un espacio compartido y cada persona tiene derecho a llegar segura a destino.

Tal vez no podamos controlar todo lo que sucede en el camino. Pero sí podemos elegir cómo actuamos. Recordemos que, en muchos casos, los accidentes, son decisiones mal tomadas.

 

(*) Directora de ILAPYC

ilapyc.org

 Organizaciones donde consultar

 

* ACTIVVAS

* Luchemos por la Vida

* Conduciendo a Conciencia

* Visión Cero.

* https://creandoconciencia.org.ar

* https://www.fundacionestrellasamarillas.org.ar

* https://www.madresdeldolor.org.ar

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