
La muerte de un padre siempre deja un hueco, un silencio denso que se instala en el alma y, para mí, se hizo eco en el lugar más sagrado y ruidoso de su vida: el Bosque de Gimnasia y Esgrima La Plata. Mi papá, tripero hasta la médula, nos había enseñado que la vida se medía en campeonatos, ascensos, tristezas y la eterna fe del Basurero.

















