Miguel Angel Forte: “El gran narcisismo y la depresión suplieron a la revolución”

El sociólogo y profesor universitario revisa los preceptos detrás de la construcción de sentido liberal. Un viaje por las derivas históricas de su construcción eidética, las flaquezas de la izquierda actual y la resistencia frente a la dinámica del rendimiento.

Sociedad & Cultura 07 de marzo de 2024
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Por Marvel Aguilera y Pablo Pagés. Fotos: Eloy Rodríguez Tale. (Revista Ruda)

Ansiedad y depresión como factores de una guerra contra nosotros mismos. Rendimiento y Cansancio. Narcisismo e indiferencia. ¿Dónde reside el factor original del desprecio hacía la otredad? ¿Estamos acaso atrapados en una lógica de sentido que nos empuja hacia el abismo voluntario? La política adolece en tierra de nuevas viejas ideologías, de dogmas sectarios como verdades reveladas y sacrificios colectivos del orden de Sísifo como destinos de felicidad consumista.

Miguel Angel Forte, profesor de Sociología en la Universidad de Buenos Aires y Flacso, piensa desde las ideas de la izquierda a la nueva hegemonía liberal permeada en nuestros usos y costumbres culturales. Divulgador de Marx y Byung Chul Han, Forte traza un recorrido por su historia personal que traduce, asimismo, las luchas paradigmáticas por el sentido consciente de la clase trabajadora y el anhelo del ascenso social, hoy convertido en un límite vacío detrás del lema “no hay plata”. 

Hijo de la clase obrera consolidada por la revolución peronista, Forte creció entre el fragor de la mano de obra calificada y los resabios artísticos entreverados en las artes plásticas y la literatura, motores de una juventud inquieta y reverberante que pujaba por ideales rumiados por los golpes dictatoriales repetidos en nuestra historia. Vindicador de Juan Carlos Portantiero, Forte, militante revolucionario del PCR en los años setenta, y detractor del academicismo burocrático forjado en las últimas décadas en los pasillos universitarios, analiza las derivas del troskismo argentino, las afluencias del movimiento peronista y los artilugios de un liberalismo modernizado, internacionalista y capaz de subvertir las conquistas de derechos sostenidas por el Estado en privilegios en vías de aniquilación.

¿Cómo fueron tus años de crianza?

Soy un resultado de la Argentina de la movilidad social ascendente. Vengo de la clase obrera metalúrgica. Mi padre a los ocho años era ayudante de un herrero de obra nacional. Él nació en el doce. En 1920 estaba bajo un tinglado, muerto de frío, dándole al fuelle para alimentar la fragua de la red. 

Mi abuelo paterno, un herrero artesano increíble, tenía una fundición en la casa y además era obrero del ferrocarril. Los tres, él, mi papá y mi tío (mis tíos son seis hermanos) trabajaron después en una fábrica de camas de acero, una cama de hierro que todavía se vende como antigüedad: las camas Landini. Y mi padre era un hombre que le gustaba pintar, era artista plástico, Vicente Forte. Y una vez estaba pintando en el docke, entonces pasó el pintor Lynch, con sus alumnos y le dijo ¿con quién estudia?, “con nadie”, dijo mi viejo. “¿Ven?… Así hay que pintar, pelotudos”, le dijo a sus alumnos. 

Mi viejo tenía 20 años y tuvo que hacer el sexto grado para entrar a la Academia de Bellas Artes. Una familia pobre en la época, pero de mucho laburo. Y mi viejo fue un artista plástico importante. Yo vine después de 15 años de casado. Mi madre venía de una de las familias de un italiano fabricante de zapatos. Cuenta la leyenda que la primera fábrica de zapatos que hubo en Argentina la tenía él en la calle Luján. Y mi vieja tenía la banana de la movilidad social en la cabeza. De Barracas nos fuimos a vivir a Laprida y Arenales que es donde todavía vivo. Y mi viejo empezó a ascender socialmente como era de la época, le vendía cuadros a la clase media en ascenso de toda su vida, del 50 a los 70. 

Ingresé el 72 en la Facultad de Filosofía y Letras. Escuela pública toda mi vida. Además la escuela pública aquella. Recuerdo por ejemplo que en la escuela primaria teníamos una maestra en cuarto y quinto grado, una calabresa en Barracas, que yo le digo una déspota ilustrada. Una mujer que nos tenía cagando para que aprendiéramos, y se zarpaba, pero era la época. Y nos enseñaba. Eso era una base increible en esa primaria de los años sesenta. 

¿Por qué se dio tu interés por las humanísticas?  

Tenía una inquietud digamos literaria. Me gustaba escribir y se me montó escribir, simplemente me gustaba Letras, pero también tenía la cosa social en la cabeza. Eran los 70, el 68 con el Córdobazo y transité todas estas experiencias. Porque con el Mayo Francés la cabeza nuestra giraba en torno de eso.

¿Cuál es el recuerdo de la época en relación a esa clase media proveniente de una movilidad en ascenso? 

Fijate que yo soy una una persona que vivió en la Guerra Fría, esa época del anticomunismo visceral, la amenaza del comunismo de la poliomelítico, pero de todas maneras lo que tuvo la Argentina fueron políticas de Estado en continuidad. La primera vacuna contra la poliomelitis la puso Aramburu en 56, ya que había una línea trazada dentro del Estado probablemente por la presencia fuerte del peronismo, que tuvo el Estado más estatista comparativamente con América Latina. Sí, vos me decís “pero ahí hubo un golpe de Estado sangriento como fue el del 55”, sí claro, pero la Argentina de alguna u otra manera tenía un ascenso social sostenido, en gran parte producto del impacto del peronismo y la permanencia del peronismo más allá de los gobiernos de turno. 

Esto marcó toda la la estructura sindical, la lucha por la reivindicación y la ampliación de los derechos. Todo lo que está hoy en cuestionamiento y en crisis profunda o en ataque profundo. Esto fue más allá. La organización vence al tiempo decía Perón, y entre la guerra civil o la organización, Perón apostó a la organización en vez de la guerra. Uno puede discutirle eso, pero una parte de esa decisión de él, después lo mantuvo vigente en la política argentina. Su presencia en la política argentina fue prácticamente excluyente durante mucho tiempo. 

Estabas hablando de tu elección de la humanística, en sintonía con eso, ¿qué discusiones ya empezabas a observar al interior de la universidad?

Tenía dos carreras en la cabeza, Letras y Sociología, pero era tal el matéte que tenía con eso que cuando terminé de anotarme, no sabía en qué me había anotado. En el año 71 ingresé y en el año 72 me anoté a Sociología. Y entre todas las opciones que había para elegir en la militancia, en esos años milité en el Partido Comunista Revolucionario. Era una postura interesante y en esa época militaron -yo no llegué a conocerla- Beatriz Sarlo, Oscar Landi y Juan Carlos Portantiero.  

Tuvo una postura el partido muy fuerte contra el golpe de Estado, probablemente muy lopezrreguista, probablemente muy isabelino, pero fue el único partido de izquierda que se opuso al golpe. Era una línea clásica del maoísmo, de grandes frentes sociales.

Se apoyó fuerte al gobierno de Isabel contra toda la izquierda y contra la izquierda del peronismo. Era una postura complicada hace unos años atrás. Beatriz (Sarlo) publicó algo sobre esa época y comentó que había estado en el PCR, y yo le escribí, le dije “mirá, yo sigo pensando que aún contra todo, estábamos en lo cierto en tratar de evitar el golpe de Estado, que era lo peor que podía pasar”, y fue así.

Ahí fuimos con esa dictadura sangrienta que nos dejó marcados de por vida, porque vos fijate que todavía es algo que no está saldado. Yo siempre tengo una discusión sobre falta de memoria u otra memoria, yo creo que hay otra memoria sobre la dictadura que hoy está pesando. Hay otro relato sobre la dictadura, que lo expresa un poco hoy la vicepresidenta. Y tiene que ver mucho con este gobierno que tenemos. He dicho en otro reportaje que creo que esto es un golpe de Estado. Habría que revisar qué hicimos para estar en una situación de tanta endeblés, de tanta fragilidad.

Los medios formaron parte de esa construcción de fragilidad.

Sí, los medios siempre estuvieron, está claro eso, pero también hubo 40 años de democracia, hubo Ley de Medios, hubo de todo en este tiempo. Y no la supimos hacer muy bien. Yo me autocritico porque no terminamos de construir un espacio social democrático fuerte, por llamarlo a ese espacio “progre” que reunió por izquierda a muchos. Ahora hubo un 44 por ciento, pero podría haber sido algo mejor. Si hubiese habido un dirección más clara, puntos de acuerdo para llevar adelante políticas, y cerramientos ante esta situación. El sistema tenía que cerrarse ante esto. 

Lo hablábamos con Lucas Rubinich, que existe una crisis de representación pero no solo a nivel del sistema político, sino también de las instituciones.

Es eso sí. Hay un hartazgo de lo otro también. Uno tiene que hacerse cargo de que del otro lado estaba el ministro de Economía de una inflación galopante, de una miseria con 60 por ciento de pobres, y quizás muchos no sabían que algo pudiera ser peor que eso. 

¿Crees que esto es la coronación de esas grandes políticas germinadas en el Pentágono décadas atrás?

Sí, y vos fijate que ahora se viene un portaviones, explícitamente. Milei es el eslabón de una cadena más grande, que puede ser circunstancial para un proyecto más grande, donde están los mas malos de la película: Galperín, Elztain, Elon Musk. Es que venga todo, y la dolarización para hacer más práctico el mecanismo. Además, es un trabajo de zapa y no hubo forma de resistencia. En la tibieza del progresisimo nos hemos arrojado todos, bajo esa idea de contención.

Volviendo en la historia, ¿crees que una vez terminada la dictadura, en esa juventud militante se perdió cierta búsqueda revolucionaria?    

Con Lucas [Rubinich] somos bastante críticos del mundo académico, porque creo que la forma que tomó la academia, en lo social por ejemplo, se ha centrado mucho en el currículum individual. Sin quererlo, el trabajo de uno, del investigador, se aisló de las grandes necesidades sociales, y las facultades pueden ser ese espacio crítico y necesario para las grandes transformaciones. Eso sucedió en todos estos años de democracia, y centralmente en la época del kirchnerismo, donde hubo más dinero: becas, subvenciones, doctorados. A pesar de eso, hemos quedado sin hacernos cargo de lo que pasaba en la sociedad. Hemos perdido la capacidad de respuesta, de crítica, lo que teníamos en el setenta, donde uno estudiaba Sociología para querer cambiar el mundo. Uno quería ser revolucionario, y tenías tu partido, tu militancia, y eso era en función de una cosa superior. Eso la democracia lo fue perdiendo, hemos quedado como atrapados en la seguridad de la sociedad democrática, de elegir cada cuatro años presidente. Nos quedamos en eso, y aprovechamos la circunstancia para progresar individualmente. Ahora estamos amenazados, incluso el Conicet. Ha sido un proyecto muy autonómo y solitario, esa es la sensación que tengo. 

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¿Cuál dirías que fue la influencia directa para construir tu marco conceptual?

El modelo de gran profesor fue Juan Carlos Portantiero, la combinación de todos los elementos: el investigador, el político, el militante, el profesor didáctico. Portantiero tenía esta cosa didáctica para explicar. Si vos me preguntás cuál es tu modelo, es el de Juan Carlos Portantiero; tu guía espiritual, digo Juan Carlos Portantiero. Y otra personalidad que yo conocí en Argentina, fuera de la universidad, fue un crítico literario que fue adjunto de Borges, Jaime Rest. Porque yo en una época estudiaba teatro y él nos enseñaba. Un tipo muy brillante y generoso. Un intelectual, especialista en literatura inglesa. Y era esos tipos que vos un domingo a la mañana le decías “voy para tu casa para estudiar tal cosa”. Murió muy joven, a los 55 años. Son los dos grandes maestros que puedo reconocer. Y después lo que pasó fue que vino todo un periodo de oscuridad en la Argentina, que me lo comí porque no había terminado la carrera. Con Lucas tenemos una trayectoria muy parecida, porque no nos conocimos en los 70,  sino en la vuelta en democracia, en el club socialista, pero nuestra vida es muy parecida. Hemos estado en la democracia de (Héctor) Cámpora, después cerró la facultad y nos recibimos en la dictadura, cuando la abrieron de nuevo. Ingresamos en la docencia casi al mismo tiempo, en la Facultad de Psicología, en la cátedra de Shelling. Y hoy en día somos los dos los dos titulares de las dos materias introductorias a Sociología.

¿Y en términos de militancia como te encontró esa etapa oscura del país?

En la dictadura nos escondimos como pudimos. Yo militaba en el Partido Comunista Revolucionario. Un poco antes de la dictadura, entré en el servicio militar. Lo hice en la Policía Militar. Y militaba en un partido que tenía la idea maoista de romper el ejército. Teníamos reuniones y todo. Hoy pienso que fue una cosa muy jugada, porque se venía la dictadura y uno estaba militando adentro del ejército. Y como tenía una forma muy de la militancia de filo, esto de hablar con todo el mundo, tenía una buena relación con los milicos. Y tuve dos experiencias interesantes, una fue el día que murió Perón. Yo estaba adentro haciendo la colimba, era uno de esos pibes que llora, en el 74. Estaba en el puesto de guardia y viene un sargento ayudante y me dice “se murió Perón, ahora todos los militares deberíamos apoyar a Isabel, pero con los generales re putazos que hay, va a ser imposible”. Yo me dije “bum”, me está informando lo que va a pasar, se viene la gran debacle. Tuve la suerte de irme en la primera baja, porque hice la gran Plumerillo. Estaba Laplane en esa época, y estacionó el falcón en la puerta del cuartel. Yo le toqué silbato y le dije “no se puede estacionar”. Me dijo “soy el chofer de Laplane”. “Sí, pero no se puede”. “¿Usted se hace cargo de lo que está diciendo?”. “Sí”. Bueno, se fue. A la otra mañana me felicitaron y me dieron de baja. Fui de las primeras bajas. Después rompí con el partido, y cada uno se escondió como pudo. No volví a militar, hasta hace algunos años que tuve un paso muy corto en el Más, donde fui candidato a jefe de gobierno de la Ciudad, pero después rompí por cosas del partido, como todo trosko jaja. Fueron cuestiones de género complicadas que observé y me fui junto a unas compañeras, porque no querían hacerse cargo de eso. 

¿Cómo entendés el hecho de que muchas corrientes ideológicas ligadas al marxismo, o incluso las más nacionalistas, sean tan estigmatizadas, y una corriente como el liberalismo, que ha tenido tantos fracasos de gobierno, sin embargo siga teniendo preponderancia? ¿Pensás que esto puede deberse a cierta victoria en términos culturales del liberalismo, que hace que se naturalicen sus dogmas como usos y costumbre de la sociedad, y no nos permitan corrernos de esos parámetros para ejercer una crítica más profunda?

Es justo el problema que tenemos en la izquierda. Si vos por ejemplo tomás un discurso de “La rusa” (Myriam Bregman) o el discurso de “Chipy” (Christian) Castillo son discursos formidables. Hace poco en la Cámara de Diputados, Christian Castillo hizo un discurso explicando con una claridad de profesor universitario, pero además con mucha claridad, las distintas formas en la historia de naturalización de la desigualdad: el esclavismo el feudalismo capitalismo. La rusa también, son brillantes, pero la representación es el 2,5 por ciento. Es decir, esa es la realidad ¿y sabés por qué? Porque el liberalismo trabaja sobre el sentido común, que es un gran enemigo, porque el sentido común siempre tiende a la derecha. Es el gran trabajo de Gramsci contra el sentido común, quería tratar que el sentido común rotara hacia la izquierda. En vez de creer en Dios, creyera en el Partido Comunista Italiano, era un poco la utopía de Gramsci. Creo que el liberalismo tira una cosa, “van a ganar en dólares”, entonces trabaja sobre un elemento que al argentino medio le genera una expectativa. 

Ese es una parte del asunto. La otra es lo que decía antes, no terminamos de conformar un gran espacio socialdemocrático, que pueda ser más comprensible, más abarcativo, más generoso en las alianzas. Eso es lo que considero. Tiene que ser más amplio ese espacio de izquierda, porque sino son discursos brillantes que llegan a un dos por ciento de los votos. No encontramos la forma de llegar a ese que le llega el liberalismo diciéndole vas a ganar en dólares. 

 ¿Y dónde crees que se produjo el quiebre de que la clase trabajadora ya no tenga una asimilación tan fuerte con el peronismo?

Bueno, los sindicatos siguen teniéndola. Si vos hablás con los camioneros vas a encontrarla.  El tema es que la cantidad de trabajadores sindicalizados hoy es muy escasa. 

Ese es otro tema sí. Por la gran precarización que llevó adelante este capitalismo. Acá estamos con un sesenta por ciento de pobres. Una sudamericanización creciente, es lo que estamos viviendo ahora. 

Vos trabajás mucho con las ideas de Byung Chul Han, y eso me permite pensar que el narcisismo, un poco impulsado por la situación de pandemia y la virtualidad, está muy inmerso en la sociedad a través del individualismo y la meritocracia. ¿Cómo lo analizás?

Lo que vos decís es que el neoliberalismo encontró la fórmula se hacerte sentir realizado cuando te estás autoexplotando. El gran disciplinamiento del curriculum vitae fue más eficaz que la explotación clásica. La autoexigencia del CV, del curso de capacitación, la identidad con la empresa, ha sido más efectiva como forma de explotación en el capitalismo, pero precisamente centrada en esta cosa que vos decís, que está al comienzo, que es el gran narcisismo y la depresión supliendo a la revolución. Hoy somos deprimidos y no revolucionarios, porque todo lo que nosotros hacemos, cae en la culpa de que no llegaste. Vos sos un fracasado o una fracasada que no llegás. No es el sistema, no es encontrar la alianza con el compañero o la compañera que está pasando por la misma situación que vos, es culparte a vos porque no sos un triunfador clásico. Es un poco el método de dominación del capitalismo contemporáneo, la autoexplotación liberal. 

Con el Turco (Carlos Menem) nos preguntábamos en algún momento, ¿qué forma rara de monstruo es la que está aconteciendo? Ahora sucede algo similar. 

Lo que vos decís es una parte, una careta. Ahora vi en las redes que en España están vendiendo unas caretas para asustar a los pobres, los chicos, los jubilados. Y dicen, “si vos querés que comience el fin del mundo en tu país, elegí un tipo como este”. Lo que pasa que yo creo que de todas maneras, este el libro de (Pablo) Stefanone ¿Por qué la rebeldía se ha vuelto de derecha? es un poco una tendencia mundial. Está lleno de estos personajes en mayor o menor medida. En Holanda tenés uno, en Inglaterra tenés otro, en Ucrania, Trump, Bolsonaro. Un montón hay. 

¿Cuál es tu hipótesis al respecto?

Hay un corrimiento de la izquierda hacia problemas que tienen que ver con la gestión de derechos en la democracia. O sea que es una izquierda aceptada en la reivindicaciones del neoliberalismo, y toda la parte social se las estamos entregando a la derecha. Es como que nos afanaron los trapos.

¿No hay también una falta de fin, como tuvo el peronismo con la “comunidad organizada” o la izquierda con la “patria socialista”?

Lo que pasa que es muy difícil porque, como dice mi hija más chica, “lo que pasa papá es que la idea de la dictadura del proletario es un posgrado”, porque vos vas a la esquina y para la señora que está comprando la culpa la tienen los pobres. Eso está incorporado, la idea del planero. No miran para arriba, miran para abajo. Ese es el que me está afanando. 

A veces está muy bien hecho, se los juro. Por otra parte se genera una situación endémica que también fue difícil de defender en el tiempo, es lo que nos pasa y lo que nos ha pasado también, esa situación de falta de trabajo genuino. Es una cosa que ha jodido mucho. Lo que pasa es que en la visualización del ciudadano medio, la culpa la tiene el pobre, no la tiene el oligarca. Todo va para ahí digamos, cada vez que hay inflación y corrimiento de ingresos. 

Sí, pero también hay un componente racial por arriba, un golpe también al peronismo.

El antiperonismo visceral, vamos a decirlo así, es un antiperonismo que lo que ataca del peronismo no es el componente autoritario o facho que pueda tener, sino la expansión de derechos que logramos. Evita no era feminista, no importa, pero por qué le ponen el pañuelo verde, porque es una mujer que es un ejemplo de lucha, desde muy abajo hasta donde llegó.

En su momento las izquierdas preponderaba mucho el internacionalismo, y la derecha o los movimientos más extremos utilizan hoy la globalización y el internacionalismo. ¿Las izquierdas se tienen que replantear quizás esa posición y empezar a pensar en movimiento más autóctonos? 

Y en realidad fíjate que la izquierda de Europa mira a la izquierda latinoamericana, porque dice que los restos de la izquierda están acá y en Europa ya no existen más. Este hombre (Milei) dice que el presidente Petro es comunista. Es una cosa que hay que tener cuidado para no ser tan críticos y tener que armar un grupo, armar bloques más amplios de la izquierda con lo que hay en América Latina. Tenemos todavía posibilidad de hacer eso, tenemos a Lula, tenemos Chile, tenemos cosas. Si bien no es perfecto, está. Los chilenos se preguntan, nos miran mucho a nosotros porque temen algo así en la próxima. Nos están observando con mucho detenimiento. 

Hoy por hoy lo fundamental es poder tratar de poner barreras a este avance de la derecha tan fuerte que estamos padeciendo, y que vamos a tener que sufrir bastante, porque la correlación de fuerzas hay que ver por dónde pasa. El ataque es tan fuerte y están tan permeables a hacer lo que están haciendo, que aparentemente parece que no hay posibilidad de pararlo. Además, nos pegan justo en los centros de la cultura, que es una cosa que nosotros le damos y le damos bastante.

La derecha para llegar al poder urda en cualquier clase de artilugio lingüístico y nosotros sabiendo que esa es la mano, como vos dijiste recién, escuchamos los discursos de la rusa en el Congreso y demás, sabiendo que si vos le venís con un discurso sociológico o que apela a cuestiones revolucionarias los vas a espantar. ¿Por qué no podemos tener alguien que represente al trabajador de a pie en términos de discurso también?

Hay una cuota de narcisismo ahí también muy importante. Por eso creo que hay que bajar un poco, armar una cosa grande. 

Estoy de acuerdo con eso, pero me parece que por eso a Perón le llamaban el gran estadista,  porque tenía un discurso que llegaba a la clase trabajadora y al laburante, pero no tenía que andar tirando lecciones académicas constantemente. 

Muchos de izquierda terminamos optando por el peronismo, votando peronismo para presidente y militando a Massa porque sabemos que el peronismo mal que te pese siempre tiene una contención que te permite sobrevivir para avanzar. Esto es lo que siempre hemos aprendido del peronismo. Al menos los que no hemos sido peronistas clásicos, digamos. Perón todavía es inigualable. 

Uno con los años va comprendiendo el significado de “peronistas somos todos”. Explicó Gramsci de una manera muy simple, la hegemonía. Que quiere decir que el peronismo fue algo así como un límite que si vos atacás, te pasás para otro lado. Podés hacerlo de la mejor intención, muy por izquierda, pero no, quedás pegado a otra cosa. Esto es lo que Perón dice cuando dice peronistas somos todos. 

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