
“Los dos hemisferios de Lucca”: ¿qué harías si no tuvieras miedo?

Por Florencia Mascioli, de la Redacción de Capital 24
Solemos decir que la maternidad saca una fuerza arrolladora de nosotras que no sabíamos que teníamos dentro. Y esto no es un mito. Hay historias de madres e hijos que nos vuelan la cabeza. Y “Los dos hemisferios de Lucca” viene a mostrarnos una realidad que no todos conocemos pero que existe. Y que cuando aparece, nos atraviesa el alma de una forma indescriptible: por un hijo, somos capaces de cualquier cosa.
La película, basada en una historia real, relata la vida de una familia que vive en México y que viene llevando adelante una serie de terapias convencionales y alternativas para mejorar la calidad de vida de su hijo Lucca, al cual sus médicos no le diagnostican ninguna mejoría.
Pero cuando por esas cosas de la vida Bárbara, su madre, una reconocida periodista, se entera de que están probando en la India un tratamiento “experimental” para mejorar la salud de los niños con parálisis cerebral, no lo duda ni un segundo: organizará ese viaje cueste lo que cueste.
Y aunque llevan años pagando por terapias y especialistas que no le encuentran cura ni avances a su condición, deciden empeñar su casa para poder emprender esta aventura que no les aporta certezas científicas pero sí muchísima ilusión.
En la India conocen al médico Rajah Kumar, creador del Cytotron, un tratamiento experimental que les cambió la vida. Y durante la película nos abren las puertas de una familia que se pone al hombro la lucha por la esperanza y la salud, el límite sagrado entre la desazón y la enfermedad, porque no se pierde nada intentando una vez cuando lo único que vienen haciendo es eso: probar y probar, en una de esas, funciona.
Ahora bien, la historia nos muestra la oscura sensación entre seguir por el camino de las pruebas y errores, o el de aceptar la realidad, los límites y la lucha contra la corriente.
La prueba que les pone la vida no será fácil. Pero como para Bárbara rendirse no es opción habrá que aprender a convivir con los obstáculos y puertas que se cierran, pero también con esas endijas de las ventanas que se nos van abriendo a medida que vamos haciendo camino al andar.
Quienes decidan darle play a esta historia fascinante, se encontrarán con una película sentimental, inspiradora, familiar, conmovedora, y un drama que, a pesar de la dificultad, tendrá un final feliz.
La fortaleza de una madre convencida de que no puede rendirse ante las pocas probabilidades de mejorarle la calidad de vida a su hijo, harán que cada desafío que se propone, esté acompañado de su sonrisa: una sonrisa que no pierde a lo largo de la película, aunque la bronca y la impotencia sean protagonistas innegables de esta historia.
¿Hasta dónde somos capaces de llegar por nuestros hijos? ¿Cuál es el límite -si es que lo hay- cuando no solo la salud sino también la vida un hijo están en juego?
Cuando hay que poder, no hay peros. Al menos para esta familia que, a contracorriente, despliega un sinfín de posibilidades ante una realidad que duele. Porque, ¿qué más falta perder?





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