
Salir de la violencia (y todo eso que viene después)

Por Florencia Mascioli, de la Redacción de Capital 24
Escribo esto a dos días de levantar la copa de Nochebuena y no sé qué me va a salir. No es una Navidad cualquiera. Es la primera, en casi 13 años, en la que puedo decir “soy libre”, con todo el peso, la fuerza y la firmeza que tiene la palabra “libertad”.
Cuando me animé a denunciar violencia de género por primera vez, me acerqué con la primera abogada que tuve en La Plata -y con mi beba en brazos- a la Comisaría de la Mujer. Esto no lo sabe casi nadie. Me acuerdo que fui en taxi, me encontré con ella en la vereda y aunque no sabía cómo mantenerme en pie, entramos. El mundo adentro de una comisaría es otra cosa: en la sala de espera, en esa habitación en penumbras en la que aguardábamos todas, lo único que abundaba eran las miradas al suelo. Intenté sostener contacto visual con otras mujeres pero ni siquiera yo misma podía dejar de contemplar con asombro el umbral inmenso, confuso e inquietante que estaba a punto de cruzar: el del silencio versus la palabra, el del miedo versus la valentía. En el piso había algunos juguetes de colores que maquillaban ese ambiente hostil al que ninguna mujer se merece entrar. Mi beba jugó un poquito con unos de encastre hasta que escuché, en la voz de una oficial, la primera barrera que nos impone dolosamente el mundo de la Justicia: “Tenemos cinco horas de demora para tomarle la denuncia”.
El coraje que junté en pedacitos durante varias semanas para animarme a atravesar el limbo de esa puerta entre un afuera doloroso y un adentro desconocido, se hizo agua sobre mis pies: mis manos temblaban en una sala donde lo único tangible era el miedo. Yo ya había sido violentada física, psicológica, laboral y económicamente: nada de eso es “normal” dentro de una relación de pareja pero yo ya lo había normalizado. El tiempo nos asusta a todas: cinco horas de demora con una beba en brazos y una abogada a la que apenas podía pagarle fueron el primer paso en falso que di y del que todavía tengo memoria.
Con la cabeza agacha, con culpa y un poco arrepentida, llegué a pensar que tal vez no era necesario hacer una denuncia. Pero al día siguiente –creo que era un viernes lluvioso- volví sola, le dejé la nena a mi agresor con la excusa de tener que hacer algún mandado y otra vez, la puerta silenciosa que nos cierran en la cara: “Volvé después de las ocho de la noche, ahora estamos con mucha gente”, aunque la sala de espera estaba completamente vacía, lo cual me hizo entender desde dónde y con qué iba a tener que enfrentar ese proceso.
Pasó un tiempo, mucho tiempo y todo siguió igual (o peor) hasta que me animé a consultar por primera vez con una psiquiatra, a pesar de todos los prejuicios con los que aún convivimos respecto a la salud mental. Pero esta vez era diferente: después de la cachetada que fue una de las últimas agresiones físicas que recibí, sabía que si yo no denunciaba, todo iba a salir peor. O incluso, “iba a terminar mal”, tal como me lo dijo él en una de sus últimas amenazas antes de que yo me animara a decir basta. La psiquiatra me recibió así: a una mujer rota en mil partes, que casi no podía emitir palabra porque tenía tanta angustia que se ahogaba en llanto pero aún así, en ese estado de debilidad, me supo acompañar. La medicación y la salud mental son imprescindibles para atravesar estos procesos en los que la sola voluntad no nos permitiría dar ni siquiera el primer paso, y lo digo con orgullo para que no se juzgue nunca más a una mujer que se acerca a pedir ayuda.
Ahora sí, tiempo después, gracias a eso y a la terapia que venía haciendo en conjunto con mi psicóloga tratante desde hacía varios años, tuve el coraje de separarme y ahí, buscar otro abogado que también me acompañó a hacer la denuncia a la Comisaría de la Mujer. Esta vez, sin mi nena. Esta vez, en una crisis de llanto tan fuerte que para poder sentarme frente a la computadora a completar los pasos requeridos para iniciar una denuncia, una psicóloga me escuchó durante una hora y lo único que recuerdo es que me dijo: “ninguna mujer se merece pasar por todo esto”. De una sala a la otra, con una oficial, con otra, en oficinas en las que jamás pensé que iba a poder estar sentada, salió algo maravilloso: mi voz entre tanta oscuridad, mi valentía entre después de tanto silencio. Me llevé un papel impreso con esa denuncia que escondí y guardé bajo siete llaves en el departamento del que –como sea- me tenía que ir para lograr salir del infierno. Pero el camino que vino después, el tortuoso sendero de la Justicia con el que nos toca enfrentarnos, desconociendo absolutamente todos y cada uno de los pasos que se nos requieren para investigar un delito, no se lo deseo a nadie. Pero les juro que para poder vivir en paz, es necesario transitarlo: no nos queda otra.
Esto fue en 2022. Y a poco de empezar el 2026 puedo decir que me llevaría muchas páginas de este diario poder armar un relato coherente y ordenado porque, aunque recuerdo con exactitud cada una de las cosas que tuve que hacer –y que la Justicia requiere que hagas- volver a pasar por ese dolor no es mi intención en esta nota. Hay pasos que nadie nos explica bien cuando por fin tomamos la decisión de separarnos (a mí me llevó muchos años de terapia ser consciente de que lo que estaba viviendo en carne propia tenía nombre: violencia de género); y más aún, de denunciar: el primer escalón del proceso que nos parece tan inalcanzable pero que es solamente el primer paso que hay que poder dar para sentir esta libertad que siento recién hoy: casi tres años y medio después.
A ninguna mujer (y menos cuando estamos mal asesoradas legalmente) nadie nos explica que “instar a la acción penal” implica volver a pasar una y mil veces por esa misma violencia, pero en otro lugar: la Justicia necesita asegurarse no solamente de que el delito ocurrió, sino también recolectar las pruebas necesarias para completar ese esquema tan abrumador al que llamamos “nuestra historia”. Denunciar es una decisión muy difícil y muy valiente. Pero lo complejo viene después: las pericias que nos exigen para constatar el daño, la ratificación de los hechos de la denuncia, la recolección de pruebas, de testigos, las citas obligadas –pero tan necesarias- con los psicólogos de los juzgados, de las fiscalías, de las asesorías. Solicitar medidas cautelares de protección y saber que del otro lado no van a ser cumplidas: y ahí, volver a denunciar una desobediencia, dos, tres, diez. Y atrevernos a ser revictimizadas con la única intención de encontrar paz y Justicia.
Y todo lo que viene atrás de esto: volver a recordar, volver a sentir miedo, que aparezca la culpa, que te señalen con el dedo, que te den vuelta la cara, que te cierren puertas, que te pongan trabas, que algunos abogados “se vendan” y otros te arrojen, así de vulnerable, a las hienas de la contraparte que lo único que van a buscar es que te rindas, que te agotes, que e canses, que te agobies y que digas “basta”.
Denunciar violencia de género no es un camino fácil. El proceso judicial nos exige enteras cuando sabe muy bien que nos rompieron en pedacitos y que somos algo así como un rompecabezas infinito que jamás vamos a poder volver a armar. El proceso judicial se aprovecha de las mujeres que llegamos rotas física, psicológica y espiritualmente a una Comisaría y después, algunos abogados nos dejan a la deriva: recorrí muchos pasillos en las Fiscalías intentando que alguien que me escuche porque, si nadie iba a hacer Justicia por mí, quién mejor que yo para llevarles las pruebas en la mano. No siempre van a querer investigar.
En mi historia, que es muchísimo más larga que todo lo que conté, aparecieron –no hace mucho- dos abogados que me salvaron la vida: Valeria y Carlos. Cada uno, por separado y desde su lugar, supieron tomar mi historia y hacerla carne para que la lucha a contracorriente contra un sistema que pocas veces escucha, no sea tan dolorosa.
Mañana a la noche cuando levante mi copa, no sé si voy a pedir algún deseo: la paz la tengo y la Justicia llegó después de un arduo, largo y profundo camino recorrido que no hubiera podido hacer sola. Lo que me gustaría decirles a todas las mujeres que tienen miedo, que dudan o que piensan que denunciar no hace falta, sepan que eso es lo primero que deberían hacer para salvar sus vidas. Es difícil, no les puedo decir que no duele, pero les juro con una mano en el corazón, que vale la pena.


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