Una estrategia platense para aliviar la grieta

Le debemos a J. Lanata (1960 -2024) el nuevo sentido con el que los argentinos del siglo XXI utilizamos el concepto de “grieta”. Lo hizo público en 2013, durante el discurso de recepción del Martín Fierro a la mejor labor periodística en televisión, ante una ¿asombrada? y elegante audiencia de artistas del rubro.
Actualidad 16 de enero de 2026
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Por: R. Claudio Gómez (*), especial para Capital 24

 

Desde entonces, el término ya no se usa solo para referir a las hendiduras poco profundas que se producen sobre distintas superficies. A partir de aquel momento, “grieta” alude al enconado enfrentamiento entre portadores de ideologías adversarias, que menos se distinguen en los actos que en la semántica pública.

 

Así las cosas, desde hace unos años la “grieta” anda bajo nuestros pies, silenciosa y áspera. Habita los sitios vulgares, los más inverosímiles: la sobremesa de amigos, un corto viaje en auto, la cena familiar, las aulas, la salida de las pequeñas y persistentes salas de cine, y hasta puede alojarse debajo de la cama en un albergue transitorio. Acecha, agazapada e imperceptible, hasta que da el zarpazo letal y el mundo cotidiano entra en caos y el cliente abandona para siempre aquel almacén de barrio al que iba desde infante, de la mano con su mamá. 

 

“Don Anselmo está viejo, qué viejo está. Y no entiende nada. Pobre Don Anselmo, se va a morir de hambre”, cavila la señora que, como dijimos, ya hace rato dejó de concurrir al almacén “La Esperanza”.

 

Por eso -porque si los argentinos tenemos algo es que somos improvisados, pero previsores- a nadie sorprendió la medida que la sucursal del Banco Nación, de 57 entre 11 y 12, adoptó desde aquella fecha (2013) en aras de sostener la paz entre la multiplicidad de clientes que esperan a ser atendidos. Mi amigo me dijo que no fue en sí la estrategia, sino la forma de la estrategia lo que le llamó la atención.  

 

Para entender el meollo de la cuestión y saber cómo este se vincula con la grieta, hay que, primero, conocer el funcionamiento del sistema de atención por ventanilla, todavía vigente, a pesar del auxilio que prometía el trámite virtual y sus parpadeantes luces de colores. 

 

La sucursal bancaria de mentas está ubicada en un centro neurálgico del comercio platense. Zona de calle 12. En general, los comerciantes vecinos trabajan con ese servicio bancario. Además, allí cobran sus sueldos muchos docentes universitarios, algunos jubilados y otros trabajadores mensualizados como, por ejemplo, los mozos y las camareras. Aquellas y aquellos que todavía no han obtenido (y quizás no lo hagan nunca) la tarjeta de débito habilitante y reciben el pago en dinero contante y sonante, porque están a prueba laboral por tres meses.

 

Lo cierto es que, ante tan alta demanda, el banco resolvió instalar una fila de sillas, cómodas, coquetas, para alivianar la espera, que nunca es breve. El cliente llega a la sucursal, obtiene su número y se sienta a esperar. Por disposición, dentro del banco está prohibido el uso de celulares.

 

Ante la demora lógica que provoca cada acceso a una de las tres o cinco (según el horario) ventanillas, la sucursal decidió disponer una televisión. Al principio, el público accedía a una señal de noticias. Luego, la cosa se puso difícil. 

 

Ante los comentarios periodísticos, de uno y otro lado de la grieta, empezaron a saltar observaciones de los clientes, primero “casi imperceptibles” y con el paso de los días, insultos, que derivaron en cruces, a veces, violentos. La grieta había ingresado al banco como una fisura inesperada en el dólar marcado. 

 

La estrategia estaba dañada, partida al medio. Entonces, alguien recomendó no apagar la TV, sino sintonizar otra programación, una menos provocativa, una que no generara problemas, pero que entretuviera a la gente que espera con su numerito. 

 

Pensaron y pensaron. De pronto, cayeron en la cuenta de que todas las programaciones, con sus más y sus menos, estaban infestadas o infectadas. No había salvación: la moda, el deporte, las novelas, los chimentos, todo estaba, por poco o mucho, agrietado. ¿Qué hacemos?

Y un muchacho detrás del mostrador del fondo, que contaba billetes ajenos con una máquina muy rápida, sugirió: “Conozco un programa que no va a ofender a nadie”. Los ejecutivos lo miraron sin demasiadas expectativas. 

 

“Hay un programa que no habla nada de política y es muy entretenido”, dijo el joven. “Se llama ‘A todo motor’”, aseguró. Nadie chequeó nada. En acción, lo sintonizaron: canal 1309 o algo así. Ahí estaba “A todo motor”, con unos tipos que hablaban de válvulas, árbol de levas, bujías (en gasolina), sistemas de lubricación, refrigeración, alimentación y escape, entre otras cuestiones lejanas a las ideas políticas.

 

Esa fue la solución, la forma extraña de la estrategia. La gente ya no peleó, se acabaron las acaloradas discusiones y hasta una señora aseguró que no le teme más al mecánico. No sé si será verdad… me lo contó un amigo.

 

(*) Periodista. Docente.

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