La herencia de los adoquines: el Teatro Comunitario de Berisso

Apuntes desde la sala propia de la calle Nueva York, donde el teatro comunitario dejo de ser un espectáculo para volverse un abrazo y ganarle la pulseada al tiempo. 
Región06 de abril de 2026

2 aTexto y fotos: Marcela De Francesco, especial para Capital 24

 

Afuera, la calle Nueva York es un cauce de piedra por el que corre el tiempo detenido. Es una herida abierta por la historia, un pasaje donde el empedrado aún guarda el eco de los miles de trabajadores y trabajadoras que salían de los frigoríficos Swift y Armour impregnados de grasa y sal. En este rincón, donde la inmigración construyó conventillos de chapa y madera, donde el viento del río suele traer nostalgias de barcos lejanos. Pero hoy, lo que se escucha no es el silencio del olvido, sino voces que ríen, cantan y recuperan su propia historia, nace el Teatro Comunitario de Berisso.

 

En un territorio de frentes de chapa mordidos por el óxido y el salitre, donde el aire todavía huele a los viejos frigoríficos y al misterio denso del río, se levanta un galpón.  Es el corazón del Teatro Comunitario de Berisso, donde el aire se vuelve de fuego y pasión.

 

Estuve ahí, metida en la penumbra de esos ensayos donde no se busca la perfección de la academia, sino la vocación que frota desde los huesos. Vi a los integrantes llegar, vecinos de la ciudad en su mayoría, con el cansancio pegado a los ojos, después de una larga jornada de trabajo o estudio. Vi a una maestra transformarse en una matrona que detiene el tiempo con un grito, a una joven psicóloga transformarse en la novia que nunca llegó al altar.

 

No actúan, prestan el cuerpo, se funden en los personajes para mantener una historia activa, nuestra historia. Son los vivos dándole carne, sudor y garganta a la obra llamada “Creer o Reventar”, fantasmas que recorren la historia de un Berisso decidido a luchar por su identidad, dignidad y su memoria. La verdadera alquimia, sin embargo, no sucede en la soledad del ensayo, sino cuando la puerta se abre y el barrio entra. 

 

En el teatro de la Nueva York, como solemos decir los berissenses, no existe la distancia sagrada de la platea ni el protocolo frío de las grandes salas. Allí la cuarta pared no se rompe: simplemente nunca se construyó. El público que abarrota el galpón no viene a consumir cultura solamente, viene a sentarse a la mesa de su propia historia.

 

Es una comunión pagana y visceral. El espectador que estira las piernas con cuidado para no tropezar con el actor, es el mismo que por la mañana se atendió en su consultorio o compartió el asiento del micro. Hay una respiración compartida, un latido unísono que va y viene entre las tablas y los tablones que sirven de asiento.

Cuando el libreto avanza, y suena una canción –ese coro masivo donde conviven la voz gastada del abuelo y el timbre cristalino de la nieta-, algo se quiebra en el pecho de los presentes. No es la técnica que estremece, es la vibración de la pertenencia.

 

Cuando cantan a la huelga de los obreros y obreras de los frigoríficos, a la inundación que lamió las puertas de cada casa, al amor que resistió en la penumbra del conventillo, a la Isla Paulino, el público no aplaude: asiente con los ojos húmedos. Se miran y se reconocen. “Ese que canta soy yo; ese dolor que gritan es el de mi viejo”.

 

Lo más bello de esa comunión es que el teatro no termina allí cuando cae el telón imaginario. El final de la obra es apenas el prólogo de la fiesta o el abrazo. He visto cómo, tras el último acorde, los límites se borran por completo. Los actores todavía con el maquillaje puesto corrido por el sudor y el rubor de las mejillas, avanzan para fundirse en abrazos con quienes acaban de verlos. Se comparten choripanes, hamburguesas y gaseosas.

 

El Teatro Comunitario de Berisso es eso: un milagro de fe colectiva. La demostración poética de que, en una calle, que el mapa del progreso dio por muerta, la memoria es un fuego que se enciende en el reconocimiento de un abrazo colectivo.   

 

 

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