
El enfoque de la Fe y lo Sagrado: el hincha de fútbol
Esa mañana de domingo, el país se levanta con una disposición distinta de los órganos internos. Hay una tensión en el diafragma, una rigidez en la mandíbula que no se explica por el café frío ni por la inflación del lunes.
Ser hincha en Argentina no es una elección, es una patología crónica que se hereda como el apellido o la forma de las orejas.
El hincha —este espécimen que es capaz de analizar la geopolítica mundial con la misma vehemencia con la que insulta a un lateral derecho— se prepara. Hay un ritual de precisión quirúrgica: la camiseta de la suerte, esa prenda que tiene más agujeros que tela pero que carga con la mística de un triunfo en el 2014; el lugar exacto en el sillón, donde el hundimiento del almohadón coincide perfectamente con su fisonomía; y el silencio, ese silencio espeso, casi religioso, que solo se rompe para invocar a la madre de un árbitro que está a ochocientos kilómetros de distancia.
El hincha no mira el partido: lo padece. Es un ejercicio de masoquismo profesional. El argentino entra a la cancha convencido de que somos los mejores del universo, pero con la certeza absoluta de que nos van a robar el partido.
Si el equipo mete un gol mientras él estaba en el baño, ese hombre no vuelve a ver un segundo tiempo fuera del inodoro por el resto de la temporada. Es una cuestión de Estado.
Desde una tribuna de madera o frente a un televisor de 50 pulgadas, el hincha posee una sabiduría superior a la de cualquier director técnico con licencia de la FIFA. “Ponelo al pibe”, grita, mientras devora un choripán que desafía todas las leyes de la salud pública.
En la tribuna, el tiempo se detiene. Allí, el tipo que durante la semana es un oficinista gris que pide permiso para ir al baño, se convierte en un barítono del insulto creativo. La poética del hincha argentino es única: es capaz de rimar una injusticia deportiva con la genealogía completa de un juez de línea.
No es solo fútbol. Es la búsqueda desesperada de una alegría que compense la rutina, el bache de la esquina y el despertador de las seis. El hincha abraza a un desconocido cuando hay un gol con la misma intensidad con la que se abraza a un hermano en un entierro. Es un contacto físico honesto, sudado, urgente.
Al final, cuando el sol cae y el resultado es adverso, el hincha camina hacia su casa con los hombros caídos. Jura que no vuelve más. Jura que el fútbol es una estafa. Pero mientras mastica la derrota, ya está calculando cuántos puntos faltan para la próxima fecha, porque sabe, con una resignación casi mística, que el próximo domingo volverá a estar ahí, entregando su salud mental a once personas que corren detrás de un cuero inflado. Porque en este país, ser feliz es difícil, pero ser hincha es, sencillamente, inevitable.


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