
El reino de la masa madre y el silencio de las ocho
Por: Marcela De Francesco
Es el olor de la panadería del domingo. Un territorio con sus propias leyes, sus propios tiempos y una fauna que solo se cruza ahí, en ese preciso umbral del día.
Adentro hay seis personas esperando. Nadie habla. El domingo a la mañana el silencio es una cuestión de decoro, un pacto implícito entre náufragos del sueño que arrastran las pantuflas o la dignidad que les queda. Está el hombre de cincuenta, con el jogging estirado en las rodillas y los ojos hinchados de ver televisión o de no poder dormir, que sostiene un billete de mil pesos arrugado en el puño como si fuera un amuleto. Está la chica joven, con el pelo revuelto en un rodete improvisado y una campera tres talles más grande, que mira el piso con una fijeza de estatua. Nadie se mira a la cara. Mirar al otro a las ocho y media de la mañana de un domingo es una invasión a la privacidad, una falta de respeto a la vigilia ajena.
Toda la atención está puesta en el mostrador de vidrio. Ahí abajo, ordenadas con una simetría militar que desafía el caos del fin de semana, están ellas. Las medialunas de grasa, finitas, con las puntas quemadas y crocantes; las de manteca, infladas, brillantes de almíbar, acomodadas como si fueran un ejército dorado. Más allá, los vigilantes con un hilo de crema pastelera seca, las tortitas negras cubiertas de esa arena oscura que se pega a los dedos y los cañoncitos de dulce de leche, transpirando azúcar impalpable.
Detrás del mostrador, la mujer que atiende no tiene tiempo para la mística del domingo. Lleva un delantal blanco impecable y las manos enharinadas hasta las muñecas. Se mueve con una ferocidad coreográfica. Agarra la pinza de metal, hace un clac-clac en el aire —un chasquido rítmico que es la música de fondo del lugar— y abre la bolsa de papel madera con un golpe seco de muñeca. Un soplido de aire que ensancha la bolsa y adentro van las facturas, una a una, sin errarle jamás, con la precisión de un cirujano.
—¿Quién sigue? —dice la mujer. Su voz no busca simpatía; busca eficacia.
El hombre del jogging da un paso al frente. No duda. En la panadería del domingo no se puede dudar; el que duda pierde el respeto de la fila. Pide media docena de manteca y tres sacramentos. Pero después, casi como un rezo tardío, agrega el verdadero encargo de la casa, el salvoconducto del mediodía: dos flautitas bien blancas, de esas que tienen la miga apretada y la corteza dócil. No es pan para el desayuno. Es el pan estratégico, el que está destinado a sacrificarse a las doce del mediodía en la olla donde ya burbujea un tuco espeso de asado o de estofado de la abuela. Un pan que no se corta con cuchillo, sino que se arranca con los dedos para hundirlo en el centro de la salsa, desafiando la quemadura, solo para limpiar el plato antes de que los fideos toquen la mesa.
La mujer los despacha, envuelve la bolsa haciendo girar las puntas como un caramelo gigante y anota tres números en un papelito con el lápiz. El hombre paga, recibe el paquete pegado al pecho —el calor del papel madera contra el abrigo es el primer alivio del día— y sale a la calle sin mirar atrás.
Cuando llega mi turno, el ritual se repite. La bolsa de papel se abre con ese golpe seco. La pinza elige las medialunas de grasa, las más tostadas, las que tienen la sal justa escondida en la masa. La mujer cierra el paquete, cobra, entrega el vuelto. No hay palabras de más. No hay un “buen día” entusiasta porque el entusiasmo a esta hora es una ordinariez.
Al salir, el frío de la calle vuelve a golpear, pero ahora es distinto. En las manos está el paquete tibio. El aroma a masa horneada se mete en los dedos y se queda ahí, impregnado, mientras se camina de vuelta a casa. Cruzar la plaza con esa bolsa es llevar el trofeo del domingo. El mate ya debe estar listo, la casa todavía en silencio, y el día, por un rato más, suspendido en ese instante exacto donde el mundo todavía no empezó a doler.



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