“El trabajo activo del terapeuta no es solo escuchar: es proponer, conectar, interpretar y construir”

En una entrevista exclusiva con Capital 24, la Licenciada en Psicología Valentina Llanos –recibida en la UNLP- es dueña de más de 23.000 seguidores en Instagram y dialogó sobre la profesión, la terapia, la crianza, las infancias, las pantallas y mucho más.

Región23 de enero de 2026
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Por Florencia Mascioli, de la Redacción de Capital 24 

 

Valentina Llanos Pérez es Licenciada en Psicología, se recibió en el año 2024 en la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de La Plata. En diálogo con Capital 24 cuenta que se define como “una persona curiosa porque estoy todo el tiempo buscando cosas nuevas para leer y para estudiar, pero al mismo tiempo práctica porque esas cosas que busco, necesito que me sirvan en la vida real de manera concretas”.

 

Asegura que durante la carrera en la UNLP, “me di cuenta que era por ahí el camino, me parecía muy correcto pensar en el hecho de que ‘se ve que desde acá se puede ayudar a la gente, se puede hacer algo por alguien más’”. Relata que cuando recibió su título empezó a trabajar en un Centro de Día en La Plata y después en la Dirección de Salud Mental de Brandsen, mi ciudad de origen: “Todo eso me ayudó bastante a tomar un poco más de seguridad y autoconfianza porque empezar a trabajar sola lo veía imposible”. 

 

En tus redes solés contar historias que te suceden en terapia, con tus pacientes, ¿Cómo nació la idea de explicar, con el ejemplo, muchas cosas que no nos animamos a indagar en nosotros mismos? 

 

“Cuando me empecé a independizar de estos trabajos y comencé a hacer más consultorio individual, particular, me di cuenta que era un trabajo muy solitario. Tenía mi Instagram abierto, no tenía ni seguidores ni actividad y empecé a contar algunas cosas por ese medio, a descargar cosas que me pasaban, que me enojaba, que iba aprendiendo o escuchando. 

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Funcionó como la manera en la que yo podía descargar en ese trabajo en el que yo me encontraba, tan solitario. Un día se me ocurrió compartir una viñeta clínica que no era mía sino que está publicada en un libro y tuvo un montón de repercusión. Ahí me di cuenta que algo de mostrar de cómo se trabaja en el espacio psicoterapéutico, principalmente en un espacio psicoanalítico, convocaba que a un montón de persona les hacía pensar que hacer psicoanálisis era una buena forma de pensar un montón de cosas. Subí un video explicando esa viñeta clínica, a la semana subí otro y me empezó a escribir un montón de gente. Lo que yo propongo son autores actuales, que están vivos, que dan charlas y congresos. Lo que empezó siendo una vía de descarga para mí, de hacer una pequeña red para contener mi propio trabajo, terminó generando identificación en un montón de personas, interés y curiosidad”. 

 

Respecto a las infancias. ¿Cuáles creés que son los pilares a la hora de criar/educar/guiar desde el amor y no desde el miedo o el castigo? 

 

“Lo más importante es poder generar una conexión con nuestros chicos: nuestros hijos, alumnos, pacientes, primos, sobrinos…porque a partir de esa conexión que tenga que ver con la ternura, el amor, el cuidado, la protección, se empiezan a motorizar otras cosas: ellos empiezan a incorporar reglas, normas, también lo que tiene que ver con el cuidado del otro, el respeto del otro y el registro del otro. 

 

Hoy en día no es lo más común que las personas estemos registrando al otro en lo que necesita. Y criar a los chicos de esa manera habilita a una infancia saludable de incorporar vida social sino también un futuro más prometedor. 

 

Y además, me parece importante que a la hora de criar o educar, sepamos que nos niños: los chicos no van a tener respuestas adultas, van a querer hacer cosas de chicos, van a querer jugar, correr, salir, ver videos, juegos de niños. Y no podemos pretender que se comporten como adultos, que no molesten, que no hagan ruido, que no se paren”. 

 

En tus redes hablás de un caso que te tocó trabajar con un paciente que sufrió abuso sexual en la infancia. ¿Es posible identificar esos indicadores de abuso en terapia? ¿Ante qué signos tenemos que estar alerta como padres? 

 

“Si bien me parecía que no son los temas más amigables o lo que más se escucha en las redes, a mí me parecía que ya que en mi Instagram se estaba convocando tanta gente con ganas de saber de las infancias, de cómo se trabaja con ellas, tanto mamás como psicólogos, me parece podía estar bueno dejar esa inquietud: que somos los adultos los que tenemos que velar por el bienestar de los chicos, sobre todo por sus derechos y su protección. 

 

Hay un montón de indicadores: cambios de conducta muy repentinos; también hay algunos síntomas como la encopresis secundaria (ya se logró un control de esfínteres pero de un momento a otro se retrocede en eso); cuando se observan conductas sexuales (cuando tocan compulsivamente o quieren ver a otro compulsivamente); cuando muestran mucha desconfianza a adultos. También es importante saber que uno solo de estos indicadores no necesariamente implica abuso sexual, sino que es una pauta de alarma”.

 

¿Creés que una infancia sin pantallas es posible y recomendada? 

 

“Creo que rotundamente no es ni posible ni recomendable que un chico no tenga contacto con las pantallas pero porque es algo que existe en el mundo, es posiblemente la base de lo que va a ser la vida el día de mañana. Que se lleve a cabo una prohibición total de ellas, va a hacer que cuando el niño se tope con una pantalla (si va a lo de un amigo, por ejemplo), no lo va a poder regular: no va a saber qué es lo que está bien, qué es lo que está mal. 

 

Lo que tenemos que hacer como adultos es ayudar a los chicos a regularse, a hacer un buen uso de la tecnología y eso implica usar las pantallas pero desplegando un montón de mecanismos de regulación y una supervisión para poder guiarlos, orientarlos y lograr transmitirles una manera consciente de usarlas.  En la primera infancia (a los dos, tres o cuatro años) no creo que sea necesario. 

 

Hoy se dice que los niños no saben jugar, que la exposición a las pantallas hace que no puedan concentrarse ni imaginar ni aburrirse. ¿Qué pensás de eso? 

 

“Sí, yo creo que es así. Imaginemos que a un bebé que llora lo único que se le da es la teta: a cada llanto se le responde con la misma posibilidad que es la teta. Llega un momento que es lo único que él conoce como solución posible a cualquier malestar. 

 

Entonces con los chicos no nos tiene que pasar lo mismo con las pantallas, porque tiene estímulos muy difíciles de procesar para ellos, ninguna otra cosa les puede ofrecer un nivel de estimulación tan alto como un video, entonces nada les alcanza porque jugar un juego de mesa es lento, aburrido, nada pasa con la inmediatez con la que pasan las cosas en Internet y no hay tolerancia a la espera: por eso, eso tiene que estar regulado por un adulto. Insisto en que tiene que haber muchas opciones  y las pantallas no pueden ser las únicas opciones frente a cualquier situación de malestar o aburrimiento y eso implica un uso limitado por día, por ejemplo”. 

 

También trabajas con autismo. ¿Cómo es abordar eso en el consultorio, cómo se diagnóstica, etc.?

 

“Cuando me recibí, uno de mis primeros trabajos fue en un Centro de Día al que asisten adolescentes y adultos con diagnóstico de autismo. Al mismo tiempo, trabajo en mi consultorio privado con niños y llegan familias diagnosticados, otros sin diagnóstico y muchas veces llegan con la preocupación ya instalada porque alguien detectó “pautas de alarma”, por ejemplo, que no responda el nombre, que no sostenga la mirada, que tenga juegos repetitivos. 

 

A partir de ahí se pone en marcha un proceso de evaluación y diagnóstico, mi enfoque se apoya más en indicadores clínicos que se despliegan en el espacio terapéutico: en el vínculo, en el juego, en la observación, en la escucha. Un diagnóstico no se establece porque aparecen uno o dos indicadores aislados. Hoy el autismo está mucho más visibilizado y eso está buenísimo porque le sacó toda la carga, el tabú que tenía, pero trajo el riesgo del sobrediagnóstico y de preocupaciones muchas veces innecesarias. El desafío es diagnosticar y también saber cuándo no hacerlo, y acompañar con respeto y con ternura”. 

 

 

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