
PAMI en la mira y el momento de la verdad: cuando la consulta deja de ser medicina
Por: Lic. Sandra Campos (*), especial para Capital 24
Ese encuentro, que debería ser un espacio de escucha, diagnóstico y cuidado, se ha ido transformando, en demasiados casos, en otra cosa: una gestión administrativa acelerada donde el profesional prescribe lo que el paciente, muchas veces, pide mientras el médico completa formularios que el sistema exige.
Ese es el verdadero punto de tensión. No está en los discursos, ni en los presupuestos, ni en las estadísticas. Está en el consultorio, y lo que está pasando, cada vez con más frecuencia, es incómodo de decir pero peor es callarlo: la consulta médica, en muchísimos casos, se está convirtiendo en un trámite.
El médico como gestor
Partamos de la base de que muchos profesionales que atienden por PAMI no son gerontólogos. No han sido formados específicamente para comprender la complejidad del envejecimiento: la multimorbilidad, la fragilidad, la interacción entre medicamentos, la dimensión emocional y social del paciente mayor… sin embargo, atienden a diario a personas de más de 60, 70 u 80 años y más. ¡Y ni hablar de cómo reniegan de la institución de la que eligen formar parte!
A esto se suma un contexto que empuja a una práctica fragmentada: tiempos de consulta reducidos, sistemas informáticos exigentes, validaciones permanentes, auditorías, recetas digitales, derivaciones condicionadas… Y encima, en ese marco, aparece una práctica que crece: la medicación “a demanda”. El paciente pide, el médico valida. No siempre porque esté bien indicado, sino porque el sistema empuja a cerrar la consulta más que a pensarla.
Pero atención que cargar la responsabilidad sobre el médico sería, además de injusto, simplista. Muchos profesionales sostienen agendas imposibles, con exigencias administrativas crecientes y sin herramientas adecuadas para abordar la complejidad de la longevidad. Otros, atienden No es falta de vocación. Es falta de condiciones.
No se trata de mala praxis individual. Se trata de un modelo que, sin proponérselo, prioriza la resolución administrativa por sobre la clínica.
El tiempo: la deuda estructural
El sistema le pide al afiliado paciencia -semanas o meses para un turno-, pero le ofrece pocos minutos cuando finalmente accede a la consulta. Esa desproporción no es inocua: condiciona todo. Y claro, si algunos atienden 6 horas a la semana repartidos en tres días, como me consta, se les complica…
El paciente llega con múltiples temas acumulados. El médico tiene una agenda colapsada. El resultado es una consulta comprimida donde lo importante compite con lo urgente, y lo urgente suele ganar.
En ese contexto, la prescripción rápida se vuelve la salida más funcional. No necesariamente la mejor.
La ilusión del acceso
Pero hay algo aún más delicado: cuando el sistema directamente no responde.
Pedir un turno implica atravesar incómodas respuestas automáticas, líneas saturadas o plataformas poco amigables para personas mayores. Y cuando ocurre lo imprevisto -un síntoma que aparece antes del turno, una situación que cambia como que por ejemplo den turno para un feriado, etc.-el contacto con médico de cabecera para modificar la fecha se vuelve imposible gracias a las “respuestas automáticas” y de nuevo se cae en el loop de conseguir un nuevo turno a los premios mínimo 15 días más adelante….y mientras va la salud, la pérdida de continuidad de la medicación, etc. etc. Ese es el punto más crítico. Porque no se trata de tecnología ni de eficiencia. ¡Se trata de cuidado!
Cuando el afiliado no puede acceder a su médico en el momento que lo necesita, el sistema falla en su función más básica. Y lo que sigue es previsible: guardias colapsadas, automedicación, decisiones fragmentadas.
PAMI: entre la escala y la oportunidad
El próximo salto no es tecnológico, debe ser humano.
PAMI enfrenta un desafío enorme: sostener la salud de millones de personas en un contexto económico complejo. Ha avanzado en digitalización, en control del gasto y en ampliación de coberturas, eso es real. Pero también lo es que la experiencia concreta del afiliado sigue siendo una deuda.
El sistema controla qué se prescribe, pero poco cómo se atiende. Ordena el gasto, pero no necesariamente mejora el vínculo. Y en salud, el vínculo no es un detalle: es parte del tratamiento.
En el medio: la salud real
Entre el paciente que espera, el médico que corre y el sistema que regula, queda algo en riesgo: la salud real de los adultos mayores.
El afiliado también cambia, el paciente mayor tampoco es el mismo de hace veinte años. Hoy está más informado, más demandante, más consciente de sus derechos. Pero también más expuesto a la sobreinformación, a la automedicación y a la idea de que todo síntoma requiere una respuesta farmacológica inmediata.
Polifarmacia, tratamientos innecesarios, falta de abordaje integral, consultas reiteradas. No son fallas aisladas. Son síntomas de un sistema que necesita recalibrarse.
La pregunta incómoda
¿Estamos cuidando a nuestros adultos mayores o estamos administrando su atención? La diferencia no es semántica. Es estructural.
No hay, en la práctica cotidiana, una política fuerte de formación obligatoria en gerontología para todos los médicos prestadores. Tampoco existen incentivos claros para mejorar la calidad del vínculo médico–paciente, ni métricas que valoren la calidad y el tiempo de escucha o la adecuación terapéutica. Se controla el qué pero se descuida el cómo.
Una oportunidad que no puede esperar
Argentina está envejeciendo. Y eso exige decisiones. No alcanza con sostener el sistema: hay que transformarlo.
Por ejemplo, formación obligatoria en longevidad, consultas que prioricen calidad sobre cantidad, menos presión administrativa y más autonomía clínica.
El acceso real al médico de cabecera cuando el cuerpo lo pide, no cuando el sistema lo permite no sería imposible, pero requiere cambiar el foco porque el verdadero sistema de salud no está en los papeles. Está en ese momento, breve pero decisivo, en el que es fundamental la escucha y hoy, en demasiados casos, ese momento está fallando.
El desafío de la nueva longevidad
Argentina está envejeciendo y lo seguirá haciendo. Esto no es un problema: es una transformación estructural que requiere un cambio profundo en cómo pensamos la salud.
Atender a una persona mayor no es lo mismo que atender a un adulto joven. Implica tiempo, escucha, formación específica, trabajo interdisciplinario y, sobre todo, un cambio de enfoque: pasar de la enfermedad al cuidado.
A esto se suma una dimensión clave: educar también al afiliado. Pero comprender su forma de comunicarse es requisito, pues si gritan no es falta de respeto, es sordera, si hablan sin matices de tonos no es ofensivo, es que asi hablan cuando no escuchan o cuando vivir duele. Promover una cultura del cuidado no se reduce a completar a una receta sino también a ser empáticos o… dedicarse a otra cosa, ¿no?
El “momento de la verdad” no puede seguir siendo un trámite.
¿Por dónde empezar?
Hay al menos tres líneas de acción urgentes:
1. Formación obligatoria en longevidad y gerontología para todos los médicos que atienden por PAMI, independientemente de su especialidad.
2. Rediseño del modelo de consulta, incorporando incentivos o mecanismos de prácticas de equipo para consultas más largas y de mayor calidad, no solo más rápidas.
3. Revalorización del criterio médico, reduciendo la presión administrativa y fortaleciendo la autonomía clínica responsable.
4. Y, humanizar la atención a la hora de los turnos, pues la cómoda respuesta automática se toma varios días en responder, dejémosla para Finlandia, ¡Porque en Argentina no estaría dando respuesta ni siendo automática!
Una oportunidad
Este no es solo un problema. Es una oportunidad.
Si PAMI logra liderar un cambio en la calidad de la atención a personas mayores, puede convertirse en un modelo para toda América Latina. Puede pasar de ser un sistema de cobertura a un sistema de cuidado.
Pero para eso hay que volver al origen: al consultorio, al encuentro, a la conversación. Porque ahí, en esos minutos compartidos entre médico y paciente, se juega todo. Ahí está, efectivamente, el momento de la verdad.
Ofrezco mi colaboración, si no lo hiciera, esta cronista sería parte del problema y no de la solución!
(*) Directora de Masa Madre Consultora.
Especialista en Economía Plateada y Longevidad Positiva.



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