El cambio climático y el envejecimiento poblacional

El cambio climático y el envejecimiento poblacional avanzan simultáneamente. Una nueva investigación advierte que las personas mayores pueden alcanzar límites peligrosos de estrés térmico a temperaturas considerablemente inferiores a las toleradas por adultos jóvenes. 
Actualidad 08 de septiembre de 2026

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Por: Lic. Sandra Campos (*)

 

Ya no alcanza con recomendar agua, sombrero y evitar el sol: necesitamos ciudades capaces de proteger una vida cada vez más larga.

Durante años repetimos casi automáticamente las recomendaciones frente a una ola de calor: beber agua, evitar el sol en determinadas horas, usar ropa liviana, permanecer en lugares frescos…Todas siguen siendo necesarias pero   la pregunta ya no debe ser solamente qué tiene que hacer una persona mayor cuando llega el calor.

La pregunta que deberíamos empezar a hacernos es otra: ¿qué tiene que hacer una ciudad cuando una parte creciente de sus habitantes envejece mientras las temperaturas aumentan?

Una investigación difundida en agosto de 2026 y publicada en The Lancet Planetary Health aporta un dato que obliga a revisar parte de lo que creíamos saber. Al incorporar diferencias fisiológicas según la edad, los investigadores encontraron que las personas de 60 años o más pueden alcanzar condiciones en las que su cuerpo ya no consigue mantener estable la temperatura interna a niveles ambientales aproximadamente 4,7 a 7,5 grados Celsius inferiores a los de los adultos jóvenes.

No significa que exista una temperatura exacta a partir de la cual toda persona de 60 años esté en peligro porque cada organismo, cada estado de salud y cada ambiente son diferentes, pero sí revela algo fundamental: durante mucho tiempo se utilizaron parámetros construidos a partir de adultos jóvenes para estimar el riesgo térmico de toda la población y el cuerpo de una persona de 70 u 80 años no responde al calor exactamente como el de una de 25.

Con el envejecimiento pueden disminuir la capacidad de transpirar, la eficiencia cardiovascular y la percepción de la sed; además, aumenta la prevalencia de enfermedades cardiovasculares, respiratorias, renales, diabetes y tratamientos farmacológicos que pueden modificar la respuesta al calor.

La nueva investigación introduce además el concepto de calor no compensable: condiciones ambientales en las cuales el organismo ya no consigue eliminar suficiente calor para mantener estable su temperatura central.

Y aquí aparece la dimensión demográfica del problema. Según las proyecciones de ese trabajo, con un calentamiento global de 1,5 °C, alrededor del 22% de las personas mayores de 60 años del mundo —aproximadamente 290 millones— podría quedar expuesto durante al menos 180 horas anuales a condiciones de calor no compensable. Los investigadores estiman que la cantidad de personas expuestas podría ser entre dos y ocho veces superior a cálculos anteriores que suponían que todas las edades toleraban el calor como los jóvenes.

Hay otro dato que debería encender una alarma. La Organización Mundial de la Salud informó que  en julio, verano en una parte del planeta, la mortalidad relacionada con el calor entre personas mayores de 65 años aumentó aproximadamente 85% al comparar los períodos 2000-2004 y 2017-2021. En el mundo se estiman cerca de 489.000 muertes anuales vinculadas al calor durante el período 2000-2019.

El cambio climático y la longevidad, por lo tanto, ya no pueden analizarse como fenómenos separados.

Estamos construyendo sociedades más longevas dentro de un planeta más caliente y eso obliga a crear una nueva dimensión de aquello que podríamos llamar infraestructura de longevidad porque frente al calor también puede existir edadismo.

Existe cuando responsabilizamos exclusivamente a la persona mayor diciéndole que “no salga”, mientras la ciudad no ofrece sombra; cuando recomendamos hidratación pero no existen bebederos públicos; cuando aconsejamos evitar determinadas horas, pero un turno médico, un trámite o una necesidad económica obligan a salir; cuando sugerimos permanecer en un ambiente refrigerado sin preguntarnos si esa persona dispone de aire acondicionado o puede pagar la energía necesaria para utilizarlo; cuando advertimos que no camine bajo el sol, pero una parada de colectivo no tiene techo, asiento ni árbol alguno alrededor. El calor deja entonces de ser solamente un fenómeno meteorológico para convertirse en una desigualdad urbana.

Quien posee una vivienda bien aislada, refrigeración, automóvil, recursos económicos y redes familiares vive una ola de calor de manera muy diferente de quien habita una casa precaria, vive solo, depende del transporte público o debe caminar varias cuadras para comprar alimentos o medicamentos. Por eso necesitamos pasar del consejo individual a la política pública de adaptación a la longevidad climática.

La OMS acaba de actualizar sus recomendaciones sobre planes de acción de salud frente al calor y sostiene que la respuesta debe ser intersectorial: sistemas de alerta temprana, salud, planificación urbana, vivienda, servicios sociales, comunicación y participación comunitaria. También identifica expresamente a las personas mayores entre los grupos con mayor riesgo.

 

¿Cómo sería una ciudad preparada para envejecer con temperaturas más altas?

 

Probablemente empezaría por algo tan elemental como los árboles. Tal vez durante demasiado tiempo consideramos el arbolado como decoración urbana. En la ciudad longeva, un árbol es infraestructura sanitaria, produce sombra, reduce temperatura, permite caminar, hace posible esperar un colectivo, invita a permanecer en un espacio público. Puede significar la diferencia entre recorrer tres cuadras o quedar confinado en casa.

Lo mismo sucede con bancos ubicados a distancias razonables, refugios en paradas de transporte, fuentes de agua, plazas con sombra, galerías, corredores verdes y superficies urbanas que acumulen menos temperatura.

Y necesitamos algo más: “refugios climáticos de proximidad”, es decir, espacios cotidianos que puedan funcionar durante temperaturas extremas como lugares frescos, accesibles y conocidos por la comunidad. Entre ellos: bibliotecas, clubes, iglesias y templos, dependencias municipales, instituciones barriales…

Muchas veces la infraestructura ya existe, lo que falta es convertirla en red. Ahí aparece una oportunidad formidable para nuestras instituciones sociales y deportivas. Un club de barrio podría ser mucho más que el lugar donde se practica una disciplina: durante una emergencia climática podría convertirse en un punto de hidratación, refrigeración, información y encuentro para vecinos que viven solos.

También necesitaremos mapas de vulnerabilidad de longevidad. No alcanza con saber qué barrios tendrán mayor temperatura. Necesitamos cruzar esa información con otras preguntas.

Argentina ya posee un “Sistema de Alerta Temprana por Temperaturas Extremas” del Servicio Meteorológico Nacional, cuyos niveles contemplan expresamente el mayor riesgo para personas mayores de 65 años y personas con enfermedades crónicas., pero las alertas son el comienzo, no el final.

La temporada argentina 2025-2026 registró sucesivos episodios de altas temperaturas y hasta una ola de calor excepcionalmente tardía durante marzo en sectores del noreste y centro del país, según los informes especiales del SMN.

Es decir: esta discusión no pertenece a un futuro lejano ni exclusivamente a ciudades europeas, australianas o asiáticas, también pertenece a La Plata.

Una ciudad de plazas y diagonales, con un enorme patrimonio arbóreo y una formidable red de clubes, universidades, instituciones culturales y organizaciones sociales, podría proponerse algo mucho más ambicioso que reaccionar cada vez que el termómetro supera determinado valor. Podría comenzar a construir una estrategia de longevidad climática.

Y, sobre todo, escuchar a quienes envejecen porque una persona puede decirnos algo que un mapa térmico jamás podrá mostrar: dónde deja de caminar porque no encuentra un lugar donde descansar, qué colectivo evita porque la parada está al sol o qué plaza abandonó porque ya no puede atravesarla durante una tarde de verano.

La longevidad positiva no consiste en decirle a alguien que debe permanecer activo mientras el entorno se vuelve progresivamente inhabitable, consiste en crear las condiciones para que pueda seguir siéndolo.

Hasta ahora medimos el progreso de nuestras ciudades por kilómetros de pavimento, cantidad de luminarias, edificios o incorporación de tecnología pero ha llegado el momento de incorporar indicadores diferentes porque el gran desafío de la longevidad no es simplemente agregar años a la vida, es conseguir que esos años puedan transcurrir en un territorio que siga siendo habitable.

 

(*) Directora de  Masa Madre Consultora.

Especialista en Economía Plateada y Longevidad Positiva.

Directora de la Cátedra Libre “Economia Plateada y Longevidad Positiva (UNLP).

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