
Réquiem por mi único par de zapatillas secas
Por: Marcela De Francesco
Hay un momento exacto, justo antes del desastre, en que el cielo adquiere el color de un cardenal que abandonó la fe. El Servicio Meteorológico Nacional lo llama “ciclogénesis”, un término técnico para enmascarar lo inevitable: una masa de aire frío choca contra otra caliente, la presión cae en picada y la naturaleza decide cobrarse todas las deudas juntas.
El cambio ambiental no es una especulación teórica ni un informe académico de doscientas páginas; es este bochorno anómalo de tres días seguido por un diluvio con vocación de apocalipsis doméstico. La Pachamama está harta. Y cuando la madre tierra se amarga, la infraestructura urbana se convierte en una trampa mortal.
Salgo a la calle armada con un paraguas que durará vivo exactamente cuatro cuadras. Las varillas de alambre barato se doblan hacia arriba en la primera esquina, transformando la tela negra en un cuenco inservible que junta agua sobre mi cabeza. Abajo, el suelo es un campo minado. La baldosa floja es una institución nacional: parece seca, parece firme, hasta que la pisás con el peso exacto del cuerpo y dispara un chorro de agua servida, un barro espeso y podrido que trepa directo hasta el dobladillo del pantalón.
Llego a la parada del colectivo, ese refugio ilusorio donde la espera se vuelve martirio. Nos apretujamos bajo el techito de chapa picado como reses buscando amparo, sintiendo cómo el agua helada gotea de a gotas traicioneras por la nuca. El asfalto es una pileta olímpica. Cuando el colectivo finalmente asoma a lo lejos, no frena ni amaga: pasa levantando una marejada perfecta, una ola gris de barro y aceite que nos baña a todos en un movimiento coordinado y cruel.
Subo a la unidad hecha una sopa, viajando entre vidrios empañados, vaho humano y olor a lana mojada. La llegada al trabajo es la de una náufraga al santuario de la luz fluorescente: entro chorreando desde los talones hasta la nuca. Me saco los zapatos —que chillan a cada paso como animales heridos— y encadeno la maniobra universal de supervivencia laboral: me saco las medias y las seco en el caloventor, potencia máxima hacia el piso para intentar secarme yo también.
Pero la verdadera condena empieza al volver. Secar la ropa en casa durante una ciclogénesis es un acto de fe patético. El departamento se transforma en un monumento al textil húmedo. Tendederos desplegados en el medio del living, remeras colgadas de los barrales de las cortinas, jeans suspendidos sobre el respaldo de las sillas. El aire se vuelve denso, pesado, impregnado de ese olor insoportable a humedad acumulada que ni el suavizante más caro logra disfrazar. Prendés el ventilador de techo para que “circule el aire”, pero solo lográs mover aire mojado de un rincón a otro. Tocás la tela a las doce horas y sigue exactamente igual: fría, pesada, inerte.
Afuera la tormenta sigue girando, y adentro vivimos congelados en una escenografía de trapos colgados, esperando que el cielo nos devuelva, aunque sea por un par de horas, la ilusión del aire seco.


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